Un buen relato policial debe lograr desde el comienzo que el lector se involucre en la trama, mediante la creación de una atmósfera acorde; un buen ejemplo de esto es el comienzo de “El tigre en la niebla” de Margery Allingham:
“La niebla parecía una manta color azafrán empapada de agua helada. Llevaba todo el día flotando sobre Londres, y por fin comenzaba a descender. El cielo presentaba el mismo color amarillento de un guardapolvo, apoyado sobre una capa grisácea punteada de topos negruzcos e iluminada por esporádicas esquirlas de color pescado, cuando un policía ataviado con una capa húmeda se volvió hacia ellos.
El tráfico iba ya a un ritmo irritablemente lento. Cuando cayera la noche estaría completamente detenido. Al oeste, Hyde Park chorreaba por todas sus hojas, y al norte, la gran estación de tren resolvía sus asuntos entre golpes, porrazos y explosiones sordas. Entre esos dos puntos se extendían kilómetros serpenteantes de un estucado color mantequilla que cubría todos los estadios posibles entre la decrepitud y la rehabilitación.
La niebla se había colado en el taxi, que ahora jadeaba, parado en medio de un atasco. Se infiltraba de un modo nada agradable y manchaba con sus dedos tiznados a los dos elegantes jóvenes que viajaban en el interior. Ambos procuraban guardar las distancias, y lanzaban miradas furtivas con igual temor a sus manos entrelazadas, que reposaban sobre el raído asiento de cuero, a la misma distancia de ambos”.

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