Mucho antes del boom de Millenium, y de las novelas protagonizadas por Wallander, Suecia ofreció allá por los 60 y 70 la obra de Maj Sjöwall y Per Wahlöö, que, con su serie del inspector Beck, dieron a su país, un lugar destacado en la literatura policial. A continuación, el inicio de una de sus obras,  El hombre que se esfumó.

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“La habitación era pequeña y destartalada. La ventana carecía de cortinas, y fuera se veía una pared contra incendios, gris, con armazones oxidados y un anuncio de margarina Pellerin, ya descolorido. El cristal de la mitad izquierda de la ventana había desaparecido, sustituido por un trozo de cartón mal cortado. El empapelado tenía un dibujo floral, pero tan desvaído por el hollín y las manchas de humedad que apenas era visible. En algunos sitios estaba despegado, y habían intentado repararlo con cinta adhesiva y papel de envolver.

  En la habitación había una estufa, seis piezas de mobiliario y un cuadro. Frente a la estufa, una caja de cartón llena de cenizas y una cafetera de aluminio abollada. El extremo del lecho daba a la estufa, y la ropa de cama se limitaba a una gruesa capa de periódicos viejos, un edredón andrajoso y una almohada a rayas. El cuadro representaba a una rubia desnuda, de pie ante una balaustrada de mármol, y colgaba a la derecha de la estufa, de modo que cualquiera que se acostase en la cama podía verla antes de quedarse dormido e inmediatamente después de despertar. Por lo visto, alguien había agrandado los pezones y los genitales de la mujer con un lápiz.

  En la otra parte de la habitación, cerca de la ventana, había una mesa redonda y dos sillas de madera, una de las cuales había perdido el respaldo.

Sobre la mesa se veían tres botellas de vermú vacías, una botella de refresco y dos tazas de café, entre otras cosas. El cenicero estaba boca abajo, y entre las colillas, los tapones y las cerillas apagadas, había algunos sucios terrones de azúcar, un pequeño cortaplumas abierto y un trozo de embutido. Una tercera taza de café había caído al suelo, rompiéndose. De bruces, sobre el gastado linóleo, entre la mesa y la cama, había un cadáver”

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