En 1929, y , en pleno aunge de lo que se llamó “La Edad Dorada”, los principales escritores de relatos detectivescos fundaron, en Londres, el Detection Club.

Dorothy Sayers, una de sus principales referentes e impulsoras, así se expresaba:

«¿Qué es eso del Detection Club?» Es una sociedad privada de autores de novelas policiales que existe en Gran Bretaña, y cuyo propósito es proporcionarles la oportunidad de cenar juntos a intervalos regulares, para conversar interminablemente acerca del oficio. Esta sociedad no tiene compromisos con ningún editor, ni tampoco, aunque exista en todos sus miembros la honrada ambición de obtener algún que otro penique a cambio del placer que al público dispensan, cuenta entre sus fines primordiales la preocupación de hacer dinero. Sus miembros se reclutan exclusivamente entre los autores de auténticas novelas policiales (y no de meros relatos de aventuras ni de «thrillers») y la elección, que se efectúa por medio del voto del club en pleno ante la recomendación de dos o más de sus socios, obliga a un juramento determinado. Si bien todas las torturas del universo no podrían inducirme a revelar dato alguno referente al solemne ritual del Detection Club, acaso me sea lícito aventurar unas pocas palabras respecto a la naturaleza del juramento exigido. Brevemente, la cosa viene a consistir en que cada autor se compromete a jugar limpio con el público y con sus colegas. Sus detectives deberán investigar por sus propios medios, sin ayuda de accidentes ni de coincidencias; no inventará rayos mortíferos ni venenos absurdos para llegar a soluciones que ningún ser normal podría esperar, y tratará de escribir en el inglés más correcto posible. Guardará una inviolable reserva sobre los argumentos y títulos futuros de sus colegas, a quienes prestará cuanta ayuda pueda cuando necesiten consejo acerca de asuntos técnicos. Si alguna finalidad seria existe en la organización confesadamente frívola del Detection Club, es la de mantener la novela policial en el más elevado nivel que su naturaleza intrínseca consienta y depurarla del funesto legado de sensacionalismo, cháchara y estilo corrompido que por desgracia la abrumó en los tiempos pasados.

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