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En Pecado Original, ambientada en una editorial londinense, P.D. James nos muestra algunos elementos que son constantes en su obra.

El espacio, en este caso el paisaje fluvial y un lujoso y antiguo edificio, son parte de la trama, y ayudan a crear esa atmósfera tan característica en sus obras.

El crimen es horrendo, dramático y ominoso, y afecta a todos por igual. Nadie sale incólume, ni aún los investigadores. Y todos los personajes, aún los criminales, son mostrados, con una gran sensibilidad y un dejo de piedad por parte de la autora, como seres humanos que sufren al protagonizar un drama, el de sus propias vidas.

Por último, al estar ambientada en una editorial, la autora nos permite ver algunos aspectos, seguramente fruto de su propia experiencia, sobre los escritores y las editoriales.

A continuación, un fragmento de esta excelente novela, publicada en 1994, cuya lectura recomiendo.

“ y ahora el miedo se estaba volviendo real. Levantó la vista al balcón más alto y se imaginó el horror de esa caída, los miembros al viento, el único grito – seguramente ella gritó -, el estrépito horroroso cuando el cuerpo pegó contra el mármol. De pronto hubo un grito salvaje y ella se sobresaltó, pero solo era una gaviota. El pájaro le pasó rozando por encima, se sostuvo un momento sobre la baranda; luego abrió las alas y voló río abajo.

Ahora empezaba a sentir frio. El frio no era natural, subía desde el mármol como si estuviera parada sobre hielo, y la brisa del río había refrescado: soplaba contra su rostro con la primera ráfaga helada del invierno. Estaba echando una última mirada al río, hacia donde estaba la lancha silenciosa y vacía, cuando sus ojos pescaron como en un pestañeo algo blanco en la parte superior de la baranda, a la derecha de los peldaños de piedra que bajaban al Támesis. Al principio se veía como si alguien hubiera atado un pañuelo a la baranda. Curiosa, cruzó hasta ahí y vio que era una hoja de papel pinchada en la punta de una de las angostas estacas. Y había algo más, el resplandor de un metal dorado en la parte inferior de la baranda. Mandy se puso de cuclillas, algo desorientada por el miedo que sentía, y le tomó unos segundos reconocerlo. Era la hebilla de una angosta correa de cuero, la   correa de una cartera de las que se llevan colgadas del hombro. La correa se hundía en la inquieta superficie del agua, y debajo de esa superficie había algo apenas visible, algo grotesco e irreal, como la cabeza en forma de cúpula de un insecto gigante, sus millones de patas peludas moviéndose suavemente en la marea. Y entonces Mandy supo que lo que estaba viendo era la parte superior de una cabeza humana. Al final de la correa de cuero había un cuerpo humano. Y mientras ella miraba, el cuerpo se movió en la marea y una mano blanca subió lentamente en el agua, como el tallo de una flor en agonía.

Por unos pocos segundos la incredulidad luchó contra la certeza de lo que veía, y luego, casi desmayada por la conmoción y el terror, se desplomó sobre sus rodillas aferrándose a los barrotes de hierro. Sentía como el frío metal raspaba sus manos y luego su fuerza presionada contra su cabeza. Estaba ahí de rodillas, incapaz de moverse, con el terror apretando su estómago y convirtiendo sus miembros en piedra. En medio de esta nada, sólo su corazón estaba vivo, un corazón que se había convertido en una gran bola de hierro ardiente que golpeaba contra sus costillas como si tuviera el poder de hacerla pasar por los barrotes y entrar al río. No se atrevió a abrir los ojos; abrirlos significaba ver lo que ella todavía podía creer a medias; la correa doble de cuero hundiéndose en el agua, y por debajo, esa abominación.

No sabía cuánto tiempo estuvo ahí de rodillas antes de ser capaz de moverse, pero gradualmente comenzó a sentir de nuevo el fuerte olor del río en sus fosas nasales, el frio del mármol contra sus rodillas, y su corazón se aquietaba. Sus manos estaban tan rígidas en los barrotes que le tomó unos penosos segundos separar los dedos. Entonces pudo incorporarse y de pronto encontró fuerza y propósito…”

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