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“Por lo general, los asesinos no advierten a sus víctimas. En este caso, la muerte, por terrible que sea el último segundo de espantosa comprensión, llega piadosamente aliviada por cierto terror anticipatorio. Cuando la tarde del miércoles 11 de septiembre Venetia Aldridge se levantó para interrogar al principal testigo de cargo en el caso Regina v. Ashe le quedaban cuatro semanas, cuatro horas y cincuenta minutos de vida. Después de su muerte, los muchos que la habían admirado y los pocos que la habían querido se encontraron murmurando – en busca de una respuesta más personal que el habitual compendio de adjetivos motivados por el horror y la ira – que a Venetia le hubiera gustado que su último caso de asesinato fuera juzgado en el Old Bailey, escenario de sus más grandes triunfos, y en su corte favorita. Pero había cierta verdad en la futilidad.

Así comienza Cierta clase de justicia (su título original es A certain Justice) otra muy buena novela que P.D.James publicó en 1997

En palabras de su autora,

“Cierta clase de justicia es una de las novelas que más he disfrutado escribir, mayormente debido a mi fascinación por las leyes penales y a la diversión y el interés que sentí mientras investigaba para el libro. Todo comenzó, como suele suceder con casi todas mis novelas, con el escenario……Al dar un paseo luego del oficio por The Temple y por la Midle Temple Lane me llamó la atención el contraste entre la paz, las tradiciones, la historia y la belleza disciplinada de esta excepcional zona de Londres y los atroces sucesos con los que lidian a diario los abogados penalistas en tribunales como los de Old Bailey. Pensé que sería emocionante poner un asesinato, el máximo crimen, en el corazón de este bastión de la ley y el orden, con una abogada penalista asesinada en su propio despacho. De golpe, como ocurrió con todas mis otras novelas policiales, a esta inspiración inicial llegó la alentadora certeza de que escribiría otro libro”

A continuación un fragmento:

“ Naughton abrió la puerta de roble e introdujo la llave en la puerta interna. Inmediatamente supo que algo andaba mal. Había un olor en el despacho, extraño y débil, pero a la vez horriblemente familiar. Apoyó la mano en el interruptor y encendió la luz.

Lo que vieron sus ojos era tan bizarro en su horror que durante medio minuto quedó paralizado, sin poder creerlo: su mente rechazaba lo que sus ojos veían claramente. No era cierto. No podía ser cierto. Durante esos segundos de incredulidad desorientada ni siquiera fue capaz de sentir terror. Pero después supo que era cierto. Su corazón volvió a la vida y comenzó a latir con fuerza, sacudiéndole el cuerpo. Escuchó un quejido bajo, incoherente y se dio cuenta de que ese sonido extraño y desencarnado era su propia voz.

Empezó a retroceder lentamente, como arrastrado por el tirón inexorable de un hilo. La Señorita Aldridge estaba sentada detrás de su escritorio, apoyada contra el respaldo de la silla giratoria. El escritorio estaba a la izquierda de la puerta, frente a las dos ventanas altas. Tenía la cabeza caída sobre el pecho y sus brazos colgaban flojos sobre los brazos curvos de la silla. No podía verle la cara, pero sabía que estaba muerta.

Tenía una peluca larga de juez sobre la cabeza, los rígidos bucles de crin de caballo eran una maza de sangre roja y parduzca. Se acercó a ella y apoyo el dorso de la mano derecha contra su mejilla. Estaba helada. Más fría que la muerte. Aunque suave, su gesto hizo que una gota de sangre se desprendiera de la peluca. Horrorizado, la observó deslizarse como un torrente lento por la mejilla muerta hasta quedar temblando en la punta del mentón. ¡Oh Dios, pensó, está fría, está mortalmente helada, pero la sangre sigue corriendo! Aferró instintivamente la silla para sostenerse, y, para su horror, la silla giró lentamente y el cadáver quedó de cara a la puerta, con los pies doblados sobre la alfombra. Naughton tragó saliva y retrocedió, mirando aterrado su propia mano como si esperara encontrarla pegajosa de sangre. Se inclinó hacia adelante y, agachándose, trató de verle la cara. Tenía la frente, las mejillas y un ojo cubiertos de sangre congelada. El ojo derecho estaba limpio. Su mirada muerta, fija en alguna lejana enormidad, parecía expresar una terrible malicia.

Retrocedió lentamente, magnetizado. De algún modo se las ingenió para salir. Con manos temblorosas cerró con llave las dos puertas, con lentitud y extremo cuidado, como si temiera que un movimiento torpe pudiera despertar a la horrible cosa que yacía adentro. Guardó la llave en el bolsillo y caminó en dirección a la escalera. Sentía mucho frío y no estaba seguro de que sus piernas pudieran sostenerlo, pero logró llegar abajo. Por lo menos tenía la mente despejada, milagrosamente despejada. Cuando levantó el tubo del teléfono ya sabía lo que debía hacer…”

 

 

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