El Almirante Flotante es un curiosa novela escrita en colaboración por G. K. Chesterton, Dorothy Sayers, Agatha Christie, Anthony Berkeley y otros destacados miembros del Detection Club de Londres. En su prólogo, así se refiere Dorothy L. Sayers, a este singular ejercicio de escritura:

“Su asunto debía ser lo más semejante posible a un caso policial verdadero. Con la única excepción del pintoresco prólogo de míster Chesterton, que fue escrito al final, cada colaborador se las entendió con el problema que le planteaban los capítulos precedentes sin la más remota idea de la solución, o las soluciones, que sus predecesores pudieran tener previstas. Sólo dos normas se le impusieron: cada uno debía urdir su intriga con una solución determinada, vale decir que no le estaba permitido introducir nuevas complicaciones con el mero propósito de «dificultar el caso». Debía estar dispuesto, si eventualmente así le fuera exigido, a explicar sus propias pistas en forma coherente y plausible, y para tener la seguridad de que jugaba limpio a este respecto se le obligaba a entregar, junto con su correspondiente capítulo, su solución particular del enigma. Estas soluciones se incluyen al final del libro, en beneficio del lector curioso.

En segundo término, cada escritor se comprometía a afrontar lealmente todas las dificultades dejadas para su análisis por sus predecesores. Si la actitud de Elma acerca del amor y el matrimonio parecía extrañamente voluble, o si el bote era guardado al revés en la casilla, tales hechos debían encajar en su solución y no le estaba permitido descartarlos en calidad de caprichos o accidentes, ni ofrecer una explicación que no los tuviese en cuenta.

Es natural que a medida que las pistas se fueron acumulando con el tiempo, las soluciones sugeridas se hicieron correlativamente más complicadas y precisas, al tiempo que los contornos generales de la intriga se consolidaban y concretaban. Pero es entretenido y aleccionador observar el número asombroso de interpretaciones diferentes que pueden concebirse para dar cuenta de los hechos más simples. Donde un escritor dejó una pista, convencido quizá de que sólo podía apuntar en una dirección evidente, otros escritores sucesivos se las compusieron para hacerla apuntar en la dirección exactamente contraria. Y tal vez sea en esto en lo que el juego se aproximó más a la realidad. Solemos juzgarnos los unos a los otros por nuestras reacciones externas, pero, en la motivación en ellas implícita, nuestro juicio puede errar totalmente. Preocupados por nuestra interpretación personal del asunto, no alcanzamos a discernir más allá del hecho sino un motivo posible, y por consiguiente nuestra solución puede ser perfectamente lógica y consistente, sin dejar por ello de ser perfectamente errónea. Acaso sea esta comprobación la que produjo en nosotros, autores de novelas policiales, un efecto más saludable de confusión y asombro. Estamos por demás habituados a consentir que nuestro gran detective diga con petulancia: «¿No ve usted, mi querido Watson, que estos hechos no admiten más que una interpretación?» A partir de nuestra experiencia con El almirante flotante, nuestros grandes sabuesos tendrán que aprender a expresarse con más cautela.

Si el juego que así practicamos para nuestro propio esparcimiento logra, además, divertir a otras personas, es al lector a quien toca decirlo. Solo podemos asegurarle que intervenimos en él honradamente, y respetando las reglas, con todo el ímpetu y el entusiasmo de los buenos jugadores”.

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