Los usurpadores de cuerpos


Un hombre alterado y aterrorizado narra su historia ante los incrédulos ojos de médicos y policías….

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Un niño corre aterrorizado por una carretera. Luego nos enteramos que él afirmaba que su madre no era su madre……

Una joven se muestra preocupada al afirmar que su querido tío no parece ser él…..

Mientras la vida en un apacible pueblo de EE.UU. transcurre con aparente normalidad, el doctor Bennell comienza a preocuparse……

Así, nos vamos adentrando en el terror conjuntamente con él.

Quienes deseen disfrutar una excelente película de terror, no pueden dejar de ver este clásico: “Invasion of the Body Snatchers”

Unas plantas alienígenas, replican, mientras duermen, a los habitantes, y toman su lugar, manteniendo su aspecto, sus recuerdos y  personalidad, pero despojándolos de toda emoción y sentimiento.

“Déjate llevar y despertarás en un mundo sin problemas. No hay necesidad para el amor, la ambición, el deseo. Sin ellos la vida es más simple”… afirmaban en una escena los “nuevos” seres.

Poco a poco, todo el pueblo se va transformando, y unos pocos, tratan de salvarse y buscar ayuda….

Filmada por Don Siegel, en 1956, esta excelente película de bajo presupuesto, refleja la atmósfera de paranoia que se vivía en pleno auge del macartismo…. Y si bien hay elementos terroríficos como las horribles plantas mutantes, el verdadero terror es compartir la angustia y el miedo creciente de los protagonistas; y ,la escena en primer plano del  rostro de quien, al besar a su amada, descubre que ella ya no  es humana , es de antología.

Una muy buena remake la filmó Philip Kaufman en 1978 con Donald Sutherland como protagonista. Aquí, la historia transcurre en San Francisco, pero con la misma atmósfera opresiva y aterradora, y un final más desolador.

En los 90, Abel Ferrara filmó una nueva versión, y, en 2007 hubo otra nueva remake a cargo de Oliver Hirschbiegel.

http://www.imdb.com/title/tt0049366

http://www.imdb.com/title/tt0077745

http://www.imdb.com/title/tt0106452

http://www.imdb.com/title/tt0427392

A disfrutar, entonces de esta joya, en sus distintas versiones, y rogar que, al despertarnos al día siguiente, seamos los mismos.

Drácula, de Bram Stoker


“Bienvenido a mi casa. Venga libremente, váyase a salvo, y deje algo de la alegría que trae consigo”

Con estas palabras, es recibido Jonathan Harker por su anfitrión…dracula

No cabe duda que el Conde Drácula es uno de los personajes más conocidos e icónicos del cine de terror, y, las películas de vampiros constituyen, de por sí, todo un subgénero que nutre nuestras pantallas desde hace más de 90 años.

Si bien, hay muchas obras que abordan la temática, es con Drácula, de Bram Stoker, de cuya publicación se cumplen estos días 120 años, que, junto con el personaje homónimo, la literatura de vampiros adquiere su verdadera dimensión.

Narrada en primera persona por los distintos protagonistas, Drácula es una novela de fácil lectura, y atrapante. Y, si bien, hoy por hoy, no hay nadie que comience a leerla sin conocer la trama, esto no impide disfrutarla página por página.

El relato en primera persona, intercalando extractos de diarios personales, cartas y artículos periodísticos, nos permite compartir con los protagonistas, sus vivencias, opiniones, sentimientos, angustias y, sobre todo, sus miedos.

Compartamos lo que escribe Mina Harker en su diario:

“No puedo dejar de recordar cómo me quedé dormida. Recuerdo haber oído el ladrido repentino de los perros y un estruendo de sonidos extraños, como oraciones en una gama tumultuosa, procedentes de la habitación del señor Renfield, que se encuentra en alguna parte debajo de la mía. Luego, el silencio volvió a reinar, tan profundo, que me sobresaltó y me levanté para mirar por la ventana. Todo estaba oscuro y en silencio. Las negras sombras proyectadas por la luz de la luna parecían estar llenas de un misterio que les era propio. Nada parecía moverse, pero todo parecía lúgubre y tétrico, de modo que una ligera nubecilla de niebla blanca, que avanzaba con una lentitud que hacía que su movimiento resultara casi imperceptible, hacia la casa, por encima del césped, parecía tener una vitalidad propia. Creo que esos pensamientos, al hacerme olvidar los anteriores, me hicieron bien, puesto que al volver a acostarme sentí un letargo que me embargaba suavemente. Permanecí acostada un rato, pero no lograba conciliar el sueño, de modo que volví a levantarme y a mirar por la ventana. La niebla se estaba extendiendo y se encontraba ya muy cerca de la casa, de tal modo que la vi adosarse pesadamente a las paredes, como si estuviera trepando hacia las ventanas…..

Me sentí tan asustada, que me cubrí la cabeza con las sábanas, tapándome los oídos con los dedos. No tenía sueño en absoluto o, por lo menos, así lo creía, pero debo haberme quedado dormida, puesto que, con excepción de los sueños, no recuerdo ninguna otra cosa hasta la llegada de la mañana, cuando Jonathan me despertó. Creo que necesité cierto esfuerzo y tiempo para recordar donde me encontraba y que era Jonathan el que estaba inclinado sobre mí. Mi sueño era muy peculiar, y era algo típico, del modo como al despertar los pensamientos se entremezclan con los sueños. Creí que estaba dormida, esperando a que regresara Jonathan. Me sentía muy ansiosa por él y no podía hacer nada; tenía las piernas, los brazos y el cuerpo con un peso encima, de tal modo que no podía ejecutar ningún movimiento como de costumbre.

Así dormí muy intranquilamente, y seguí soñando cosas extrañas. Luego, comencé a sentir que el aire era pesado, húmedo y frío. Retiré las sábanas de mi rostro y, con gran sorpresa, vi que todo estaba oscuro. La lamparita de gas que había dejado encendida para Jonathan, aunque muy débil, parecía una chispita roja y diminuta a través de la niebla, que, evidentemente, se había hecho más densa y había entrado en la habitación. Entonces, recordé que había cerrado la ventana antes de acostarme. Deseaba levantarme para asegurarme de ello, pero una letargia de plomo parecía retener mis miembros y mi voluntad. Permanecí inmóvil; eso fue todo. Cerré los ojos, pero todavía podía ver con claridad a través de los párpados (es maravilloso ver qué trucos tienen los sueños, y de qué manera tan lógica trabaja a veces nuestra imaginación). La niebla se hacía cada vez más espesa, y ya podía ver cómo entraba en la habitación, puesto que la veía como si fuera humo…, o como el vapor blanco del agua en ebullición…, entrando, no por la ventana, sino por debajo de la puerta. Fue haciéndose cada vez más espesa, hasta que pareció concentrarse en una columna de vapor sobre la que alcanzaba a ver la lucecita de la lámpara de gas que brillaba como un ojo rojizo. Las ideas se agolparon en mi cerebro, al tiempo que la columna de vapor comenzaba a danzar en la habitación y entre todos mis pensamientos me llegaron las frases de las escrituras: “Una columna de vapor por las noches y de fuego durante el día.” ¿Se trataba de algún guía espiritual que me llegaba a través del sueño? Pero la columna estaba compuesta tanto del guía diurno como del nocturno, puesto que el fuego estaba en el ojo rojo que, al pensar en él, me fascinó en cierto modo, puesto que, mientras lo observaba, el fuego pareció dividirse y lo vi como si se tratara de dos ojos rojos, a través de la niebla, tal y como Lucy me dijo que los había visto en sus divagaciones mentales, sobre el risco, cuando el sol poniente se reflejó en las ventanas de la iglesia de Santa María. Repentinamente, recordé horrorizada que era así como Jonathan había visto materializarse a aquellas horribles mujeres de la niebla que giraba bajo el resplandor de la luna, y en mi sueño debo haberme desmayado, puesto que me encontré en medio de la más profunda oscuridad.

El último esfuerzo consciente que hizo mi imaginación fue el de hacerme ver un rostro lívido que se inclinaba sobre mí, saliendo de entre la niebla. Debo tener cuidado con esos sueños, ya que pueden hacer vacilar la razón de una persona, si se presentan con demasiada frecuencia….

Hoy desperté más fatigada que si no hubiera dormido en absoluto……”

 

 

Finalizamos con una reflexión: Desde Nosferatu, de Murnau _ por razones legales no se pudo usar el nombre Drácula –  en 1922, hasta la fecha, el cine se ha encargado de demostrar que, pese a los intentos de Van Helsing y sus amigos, el Conde sigue siendo inmortal.

 

 

 

 

 

Muerte de un forense, de P.D.James


“Y entonces oyó el ruido, tan suave como una única pisada, leve como el roce de una manga sobre madera. Venía a por ella. Estaba ahí. Y ya sólo hubo pánico. Sollozando, se lanzó contra las paredes de lado a lado, golpeando con las magulladas palmas sobre el rasposo y duro ladrillo. De pronto se abrió un espacio. Cayópor él, resbaló y la linterna escapó de sus manos. Gimiendo, se acurrucó en el suelo y esperó la muerte.”

En Muerte de un Forense P.D.James nos vuelve a introducir en la investigación de un asesinato. Como es característico en sus obras, nos muestra a los personajes – tanto víctimas como victimarios, con profundidad, con un gran sentido de humanidad y hasta de piedad. Podemos ver sus sentimientos, motivaciones, rencores y miedos. La descripción del entorno y del ambiente también contribuye a crear una atmósfera opresiva. El crimen es siempre una tragedia, y ante ella nadie – ni aún los investigadores – , queda indemne.

“Pensó en los neumáticos pinchados. ¿Podía ser que aquello se debiera a un simple accidente? Al dejar la bicicleta, por la mañana, los neumáticos estaban en buenas condiciones. Quizá, después de todo, no había vidrios rotos en la carretera. Quizás alguien los había pinchado deliberadamente, alguien que sabía que saldría tarde del laboratorio, que no quedaría nadie para acompañarla en coche, que forzosamente se vería en la necesidad de cruzar por el laboratorio en obras. Lo imaginó en la penumbra del crepúsculo, escabullándose sigilosamente por el cobertizo de las bicicletas con el cuchillo en la mano, agazapándose junto a las ruedas, calculando el tajo que debía dar para que los neumáticos se desinflaran antes de que ella hubiera llegado demasiado lejos en su recorrido. Y en aquellos momentos estaba esperándola en algún rincón de las tinieblas, de nuevo con el cuchillo en la mano. Lo vio sonreír y probar el filo, escuchando sus movimientos, esperando ver la luz de su linterna. Naturalmente, él también tendría una linterna. Y pronto centellearía sobre su rostro, deslumbrándola e impidiéndole ver la cruel y triunfante boca, el refulgente cuchillo. Instintivamente apagó la luz y escuchó, mientras su corazón latía con tal torrente de sangre que le pareció que hasta los muros de ladrillo debían estremecerse”.

ARLT, la cultura popular y el arte de escribir


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Roberto Arlt (1900 – 1942), uno de los grandes representantes de la literatura argentina fue periodista, y autor de cuentos, novelas y obras teatrales.  Representante del grupo de Boedo, entre sus principales obras podemos mencionar sus Aguafuertes Porteñas, Los Siete Locos, Los Lanzallamas y Saverio el cruel. Para él, la obra literaria debía necesariamente reflejar la vida y los problemas de la sociedad, especialmente de los sectores populares, que siempre llevaban las de perder ante la hipocresía y los abusos de la sociedad burguesa, en una época de crisis y desesperanza. Asimismo , renegaba de la que consideraba literatura de elite, y de la crítica que le realizaban desde los sectores academicistas.

Estas son sus palabras, con respecto a la literatura y al oficio de escritor.

 

Palabras del autor (1931)
Con “Los lanzallamas” finaliza la novela de “Los siete locos”.

Estoy contento de haber tenido la voluntad de trabajar, en condiciones bastante desfavorables, para dar fin a una obra que exigía soledad y recogimiento. Escribí siempre en redacciones estrepitosas, acosado por la obligación de la columna cotidiana.

Digo esto para estimular a los principiantes en la vocación, a quienes siempre les interesa el procedimiento técnico del novelista. Cuando se tiene algo que decir, se escribe en cualquier parte. Sobre una bobina de papel o en un cuarto infernal. Dios o el Diablo están junto a uno dictándole inefables palabras.

Orgullosamente afirmo que escribir, para mí, constituye un lujo. No dispongo, como otros escritores, de rentas, tiempo o sedantes empleos nacionales. Ganarse la vida escribiendo es penoso y rudo. Máxime si cuando se trabaja se piensa que existe gente a quien la preocupación de buscarse distracciones les produce surmenage.

Pasando a otra cosa: se dice de mí que escribo mal. Es posible. De cualquier manera, no tendría dificultad en citar a numerosa gente que escribe bien y a quienes únicamente leen correctos miembros de sus familias.

Para hacer estilo son necesarias comodidades, rentas, vida holgada. Pero, por lo general, la gente que disfruta de tales beneficios se evita siempre la molestia de la literatura. O la encara como un excelente procedimiento para singularizarse en los salones de sociedad.

Me atrae ardientemente la belleza. ¡Cuántas veces he deseado trabajar una novela que, como las de Flaubert, se compusiera de panorámicos lienzos…! Mas hoy, entre los ruidos de un edificio social que se desmorona inevitablemente, no es posible pensar en bordados. El estilo requiere tiempo, y si yo escuchara los consejos de mis camaradas, me ocurriría lo que les sucede a algunos de ellos: escribiría un libro cada diez años, para tomarme después unas vacaciones de diez años por haber tardado diez años en escribir cien razonables páginas discretas.

Variando, otras personas se escandalizan de la brutalidad con que expreso ciertas situaciones perfectamente naturales a las relaciones entre ambos sexos. Después, estas mismas columnas de la sociedad me han hablado de James Joyce, poniendo los ojos en blanco. Ello provenía del deleite espiritual que les ocasionaba cierto personaje de “Ulises”: un señor que se desayuna más o menos aromáticamente aspirando con la nariz, en un inodoro, el hedor de los excrementos que ha defecado un minuto antes.

Pero James Joyce es inglés. James Joyce no ha sido traducido al castellano, y es de buen gusto llenarse la boca hablando de él. El día que James Joyce esté al alcance de todos los bolsillos, las columnas de la sociedad se inventarán un nuevo ídolo a quien no leerán sino media docena de iniciados.

En realidad, uno no sabe qué pensar de la gente. Si son idiotas en serio, o si se toman a pecho la burda comedia que representan en todas las horas de sus días y sus noches.

De cualquier manera, como primera providencia he resuelto no enviar ninguna obra mía a la sección de crítica literaria de los periódicos. ¿Con qué objeto? Para que un señor enfático entre el estorbo de dos llamadas telefónicas escriba para satisfacción de las personas honorables:

“El señor Roberto Arlt persiste aferrado a un realismo de pésimo gusto, etc., etc.”

No, no y no.

Han pasado esos tiempos. El futuro es nuestro, por prepotencia de trabajo. Crearemos nuestra literatura, no conversando continuamente de literatura, sino escribiendo en orgullosa soledad libros que encierran la violencia de un “cross” a la mandíbula. Sí, un libro tras otro, y “que los eunucos bufen”.

El porvenir es triunfalmente nuestro. Nos lo hemos ganado con sudor de tinta y rechinar de dientes, frente a la “Underwood”, que golpeamos con manos fatigadas, hora tras hora, hora tras hora. A veces se le caía a uno la cabeza de fatiga, pero… mientras escribo estas líneas, pienso en mi próxima novela. Se titulará “El amor brujo” y aparecerá en agosto del año 1932.

Y que el futuro diga.

ROBERTO ARLT

 

Maigret y la gente


 

Muchos escritores del género, – los mejores – trascienden el mero relato de una investigación detectivesca, y en sus obras podemos encontrar mucho más. Algo así pasa en la obra del gran Georges Simenon, cuyo célebre Comisario Maigret, transita las calles de París como un hombre común, y  cuyas historias transcurren en esas mismas calles, y entre esa misma gente. Así, el relato policial se convierte, además, en un relato de la vida cotidiana.

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“ Era un trozo de calle banal, casi sin transeúntes, dos aceras, unas casas, algunos centenares de personas viviendo en las casas, hombres que salían por la mañana y volvían de noche, mujeres que llevaban la casa, niños que armaban jaleo, viejos que tomaban el fresco en las ventanas o en la puerta de la calle.

Había también una gorda de mirada infantil que jugaba a tener una pensión, un viejo que daba lecciones de canto a niñas aspirantes a la Ópera, un estudiante que se moría de hambre y luchaba contra el sueño con la esperanza de poner un día una placa de médico o de dentista en su puerta; una putita perezosa que leía novelas durante todo el día echada en su cama, y una joven mecanógrafa que se hacía traer de noche a casa en taxi; los Lotard con su bebé, los Saft que esperaban uno; el señor Kridelka, con aspecto de traidor de película y que probablemente era el hombre más dulce del mundo. Y había…..

Buenas gentes, como decía Mlle Clement. Gentes como hay en todas partes, que debían encontrar cadsa día dinero para comer, y cada mes la cantidad necesaria para pagar su alquiler.

Y había vecinos: el hombre que había salido por la mañana con una maleta de viajante, una mujer que sacudía su paño del polvo por la ventana y alguien que se quedaba con la luz encendida, más arriba, hasta muy tarde.

¿Qué se encontraría, si pasasen por la calle un peine espeso? Una mayoría, sin duda, de lo que suele llamarse gentes honradas. Ningún rico. Algunos pobres. Y, probablemente, también algún medio crápula.

Pero, ¿y el asesino?”[1]

 

[1] “Maigret en meublé”  1962, pag 189

 

El Almirante Flotante


El Almirante Flotante es un curiosa novela escrita en colaboración por G. K. Chesterton, Dorothy Sayers, Agatha Christie, Anthony Berkeley y otros destacados miembros del Detection Club de Londres. En su prólogo, así se refiere Dorothy L. Sayers, a este singular ejercicio de escritura:

“Su asunto debía ser lo más semejante posible a un caso policial verdadero. Con la única excepción del pintoresco prólogo de míster Chesterton, que fue escrito al final, cada colaborador se las entendió con el problema que le planteaban los capítulos precedentes sin la más remota idea de la solución, o las soluciones, que sus predecesores pudieran tener previstas. Sólo dos normas se le impusieron: cada uno debía urdir su intriga con una solución determinada, vale decir que no le estaba permitido introducir nuevas complicaciones con el mero propósito de «dificultar el caso». Debía estar dispuesto, si eventualmente así le fuera exigido, a explicar sus propias pistas en forma coherente y plausible, y para tener la seguridad de que jugaba limpio a este respecto se le obligaba a entregar, junto con su correspondiente capítulo, su solución particular del enigma. Estas soluciones se incluyen al final del libro, en beneficio del lector curioso.

En segundo término, cada escritor se comprometía a afrontar lealmente todas las dificultades dejadas para su análisis por sus predecesores. Si la actitud de Elma acerca del amor y el matrimonio parecía extrañamente voluble, o si el bote era guardado al revés en la casilla, tales hechos debían encajar en su solución y no le estaba permitido descartarlos en calidad de caprichos o accidentes, ni ofrecer una explicación que no los tuviese en cuenta.

Es natural que a medida que las pistas se fueron acumulando con el tiempo, las soluciones sugeridas se hicieron correlativamente más complicadas y precisas, al tiempo que los contornos generales de la intriga se consolidaban y concretaban. Pero es entretenido y aleccionador observar el número asombroso de interpretaciones diferentes que pueden concebirse para dar cuenta de los hechos más simples. Donde un escritor dejó una pista, convencido quizá de que sólo podía apuntar en una dirección evidente, otros escritores sucesivos se las compusieron para hacerla apuntar en la dirección exactamente contraria. Y tal vez sea en esto en lo que el juego se aproximó más a la realidad. Solemos juzgarnos los unos a los otros por nuestras reacciones externas, pero, en la motivación en ellas implícita, nuestro juicio puede errar totalmente. Preocupados por nuestra interpretación personal del asunto, no alcanzamos a discernir más allá del hecho sino un motivo posible, y por consiguiente nuestra solución puede ser perfectamente lógica y consistente, sin dejar por ello de ser perfectamente errónea. Acaso sea esta comprobación la que produjo en nosotros, autores de novelas policiales, un efecto más saludable de confusión y asombro. Estamos por demás habituados a consentir que nuestro gran detective diga con petulancia: «¿No ve usted, mi querido Watson, que estos hechos no admiten más que una interpretación?» A partir de nuestra experiencia con El almirante flotante, nuestros grandes sabuesos tendrán que aprender a expresarse con más cautela.

Si el juego que así practicamos para nuestro propio esparcimiento logra, además, divertir a otras personas, es al lector a quien toca decirlo. Solo podemos asegurarle que intervenimos en él honradamente, y respetando las reglas, con todo el ímpetu y el entusiasmo de los buenos jugadores”.

La máscara de Dimitrios, de Eric Ambler


“Aquí hay un asesino de verdad. Estamos enterados de su existencia desde hace unos 20 años. Este es el dossier de ese individuo. Sabemos de un asesinato que tal vez haya cometido él. Sin duda tiene que haber otros muchos que desconocemos. Este hombre es un caso típico. Un tipo sucio, vulgar, cobarde, una escoria. Asesinato, espionaje, drogas. Esa es la historia……”

 

Eric Ambler (1909 -1998) fue un escritor británico, considerado por muchos, el creador del thriller político y de espionaje, y La máscara de Dimitrios, -publicada en 1939-, es, quizás, su novela más famosa.

 

 “Muchos años, Europa, después de la agonía, imaginó por un instante que sus dolores constituirían una nueva gloria; después, había vuelto a caer en el lodo, en medio de los pavores de la guerra. Nuevos gobiernos habían surgido y habían caído; hombres y mujeres habían trabajado, habían padecido hambre, habían dicho discursos, habían luchado, habían sido torturados, habían muerto. La esperanza había surgido y se había apagado: una fugitiva en el aura perfumada de la ilusión. Los hombres habían aprendido a husmear la materia de los sueños impetuosos del alma y esperaban sin inmutarse que las plataformas giratorias pusieran a los cañones en el sitio exacto para la destrucción.

Y a lo largo de todos aquellos años, Dimitrios había vivido y respirado y mantenido trato con sus extraños dioses. Había sido un hombre peligroso. Ahora, en medio de la soledad de su muerte, junto a aquella escuálida pila de ropas que constituían todo su patrimonio, resultaba digno de piedad.”

 

La Mascara de Dimitrios fue rápidamente llevada al cine. Dirigida por Jean Negulesco en 1944, tuvo como intérpretes a Zachary Scott, y a los excelentes Peter Lorre y Sidney Greenstreet, estos últimos en papeles protagónicos.

Muerte en el otro cuarto, de Anthony Gilbert


Esta novela, de ágil lectura, ideal para las tardes de estío, se caracteriza por su tono irónico y sus descripciones de personajes y de situaciones plenas de humor. Su trama es simple y, aunque su final es predecible, esto no le quita interés al relato.

“Alrededor de las doce menos diez, cuando Crook recorría su camino tenazmente en medio de la noche, se abrió una puerta y una figura silenciosa se deslizó por el pasillo. Se hallaba embozada en unas negras vestiduras, que la volvían casi invisible en la casa sin luces, y sostenía algo en la mano. Se detuvo, rígida como un poste, escuchando con atención y luego comenzó a descender despacio por la escalera. De vez en cuando se detenía, como si presintiera un obstáculo, pero al no descubrir a nadie, proseguía su peligroso descenso. En todas partes, la oscuridad era tupida. La figura se acercó a la puerta principal, levantó la falleba y salió al exterior. Merced a las conversaciones de esa noche, no había duda del lugar donde se hallaba la llave y con ella cerró la puerta desde afuera. Pronto terminó con sus simples preparativos y entonces se mantuvo a la expectativa. Aunque reinaba la oscuridad, algunos sonidos distinguían la vida de la muerte. Un búho chilló apagadamente, crujieron los árboles, sacudidos por el viento húmedo y frío que había seguido a la lluvia, y por doquier flotaba un perfume y el murmullo de los arbustos que crean el ámbito de la noche.

El que esperaba en la sombra tembló, inquieto, al oír el sonido de un automóvil que se aproximaba.”

 

Publicada en la magistral colección El Séptimo Círculo, – se la encuentra fácilmente por 60 pesos o menos en las librerías porteñas-  transcribimos, para finalizar, el prefacio que los editores de la colección le dedicaron a la autora:

“Anthony Gilbert (Lucy Beatrice Malleson) logra mantener sin esfuerzo un nivel de excelencia. Del catálogo de sus obras mencionaremos: The case against Andrew Fane, Death at four corners, Body on the beam, an old lady dies, Dear dead woman, Treason in my breast, The woman in red, He came by night, The long shadow, The case of the Teacosy´s aunt, The mouse who wouldn´t play ball, The bell of death, Don´t open the door, Lift up the lid.

Estas singularísimas obras enriquecen y continúan, dentro de la novelística inglesa, la enérgica tradición de Dickens y de Wilkie Collins. Plantean problemas de apariencia insoluble; comprometen, desde las primeras líneas, la urgente curiosidad del lector; sus diálogos son vivos, y la realidad de sus personajes, alucinante. Las distingue, aunque sabiamente construídas, el ímpetu vital, avasallador, de la obra espontánea.”

Diez Negritos


Diez negritos se fueron a cenar.

Uno de ellos se asfixió y quedaron

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DIEZ NEGRITOS es una de las más famosas novelas escritas por Agatha Christie.

Su argumento es simple: diez desconocidos son invitados a pasar un fin de semana en una isla. Allí comienzan a ser asesinados, uno por uno, de acuerdo a la letra de una canción infantil.

Aunque no es un relato de detectives, ya que no los hay, se plantea una situación común a las novelas de misterio, un grupo de personas reunidas en un lugar cerrado y obligadas a convivir, y en grado creciente, a afrontar miedos, sospechas, angustias y finalmente, sus propias muertes.

“A su pesar los invitados se fueron a sus habitaciones. Si hubiesen estado en una vieja casona con las escaleras y los suelos cimbreantes, con rincones llenos de sombras por todas partes y paredes artesonadas y oscuras, hubiesen podido sentir siniestros temores, pero no se encontraban en tal caso.

En esta vivienda ultramoderna, exenta de oscuros rincones, con luz eléctrica derramada a chorros, todo era nuevo, brillante, resplandeciente, nada podía esconderse de malo, faltaba por completo el ambiente de los viejos caserones atormentados.

Y, sin embargo, inspiraba a los reunidos un temor inexplicable.

Se desearon las buenas noches y entraron en sus respectivos dormitorios. Casi inconscientemente todos echaron la llave a su puerta”.

 

De fácil lectura, es una buena forma de introducirse en el género. La misma autora, rápidamente convirtió la novela original en una obra teatral, la cual, a su vez, fue llevada al cine en muchas ocasiones, siendo la realizada por el gran Rene Clair en 1945 la primera, – y a mi juicio-, la mejor. Y, aunque la isla fue reemplazada en las sucesivas versiones por hoteles en el desierto, safaris africanos o refugios alpinos, en general, en todas se respeta la trama original.

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Así se refiere la autora a su obra:

“Había escrito Diez negritos porque era tan difícil de realizar que la idea me fascinaba. Tenían que morir diez personas, sin caer en lo ridículo, y sin que se viera fácilmente quién era el asesino. Escribí el libro después de una planificación concienzuda y el resultado me gustó. Era claro, directo, de solución nada fácil, aunque la explicación fuera perfectamente razonable, tal como se aclaraba en el epílogo. La obra gustó y tuvo buena crítica, aunque quién se quedó realmente encantada fui yo misma, pues sabía mejor que ningún crítico lo que me había costado escribirla”

Un negrito se encontraba solo.

Y se ahorcó y no quedó…

¡Ninguno!

LA MUERTE LENTA DE LUCIANA B., de Guillermo Martínez


 

 

“El teléfono sonó una mañana de domingo y tuve que arrancarme de un sueño de lápida para atenderlo. La voz sólo dijo Luciana, en un susurro débil y ansioso, como si esto hubiera debido bastarme para recordarla. Repetí el nombre, desconcertado, y ella agregó su apellido, que me trajo una evocación lejana, todavía indefinida, y luego, en un tono algo angustiado, me recordó quién era. Luciana B. La chica del dictado. Claro que me acordaba. ¿Habían pasado verdaderamente diez años? Sí: casi diez años, me confirmó, se alegraba de que yo viviera todavía en el mismo lugar. Pero no parecía en ningún sentido alegre. Hizo una pausa. ¿Podía verme? Necesitaba verme, se corrigió, con un acento de desesperación que alejó cualquier otro pensamiento que pudiera formarme. Sí, por supuesto, dije algo alarmado, ¿cuándo? Cuando puedas, cuanto antes….

Así comienza: La Muerte lenta de Luciana B.

Guillermo Martínez, nos presenta aquí un inquietante thriller psicológico.

La novela contiene los elementos comunes al género policial: una sucesión de tragedias, una investigación, un sospechoso, una víctima, un detective en la búsqueda de la verdad…, narración en primera persona…

Pero, el relato va mucho más allá, y, por momentos excede los límites tradicionales del género, con algunas puertas abiertas hacia lo azaroso o lo sobrenatural, o lo fantástico, si es que el lector quiere creerlo así, y este es otro de los elementos que cabe destacar de esta novela. El lector puede, también, clasificar el relato – o parte de él –  dentro de un género u otro.

Hay un clima opresivo y una excelente confrontación de caracteres, tanto intelectual como psicológica, en un juego de obsesión y venganza, donde cada uno de los protagonistas aporta su subjetividad en la reconstrucción de los hechos, – y por lo tanto, en la trama -, y donde la verdad pasa por las explicaciones que se dan al lector, – y vale recalcar el plural – que por las evidencias concretas encontradas.

 También hay una corriente subterránea relacionada con el mundo de la literatura (los protagonistas principales son escritores), donde la realidad y la ficción, muchas veces se mimetizan.

En definitiva, tenemos una atrapante novela, cuya lectura recomendamos.

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Autor y matemático argentino, Guillermo Martínez (1962) estudió Matemáticas en la Universidad del Sur, completando su formación académica primero en Buenos Aires, donde se doctoró en Lógica, y más tarde en Oxford.

Sin embargo, su gran pasión ha sido siempre la creación literaria. Tras sus estudios, pasó varios años como artista residente en universidades de Canadá y Estados Unidos.

Su primer libro publicado fue una antología de relatos, a la que siguieron dos novelas que pasaron desapercibidas para el gran público (Acerca de Roderer y La mujer del maestro). En 2003 publicó la que es su obra más conocida, Los crímenes de Oxford, obra con la que consiguió premios y celebridad mundial y que en 2008 fue llevada al cine de manos de Álex de la Iglesia.

Además de éstas y La muerte lenta de Luciana B., escribió Gödel para Todos, Yo también tuve una novia bisexual, y Una felicidad repulsiva.