Peligro en la casa vecina, de Q. Patrick


“Clark Rodman pasó una mala noche. Mientras yacía entre el sueño y la vigilia, imágenes de Laura y su marido se mezclaban con las del joven desconocido que, como le había dicho Steele, había una vez ocupado esas habitaciones. En medio de la oscuridad flotaba ante su mente la figura del anterior inquilino…echado junto a la ventana, muerto, con los ojos sin vida vueltos hacia el departamento de los Foldwell”

Peligro en la casa vecina es un relato policial tradicional, de rápida y fácil lectura. Ideal para leer durante un viaje, en la sala de espera de los aeropuertos, o en la consulta del médico.

La historia, es simple. Un hombre común se obsesiona con sus vecinos, a los que observa desde su ventana. Así se ve involucrado en un crimen en el que todos los indicios apuntan a su culpabilidad.

Este es un tópico común a muchas de las novelas de Patrick Quentin o Quentin Patrick, pseudónimos con el que firmaban sus obras los autores Richard W. Webb y Hugh C. Wheeler.

A ellos se refiere el prólogo a la edición de esta novela en El Séptimo Círculo.

 “Patrick Quentin es el seudónimo con que Richard W. Webb y Hugh C. Wheeler han firmado sus mejores obras. Ambos nacieron en Inglaterra y ambos adoptaron la ciudadanía norteamericana. Como Ellery Queen, como Vera Caspary, Patrick Quentin representa, dentro de la escuela norteamericana de novelistas policiales, la tendencia clásica. Los personajes y el diálogo de sus libros recogen el aparente desorden y la tranquila desilusión de la vida contemporánea; en la construcción de sus argumentos se advierte la sigilosa tarea de inteligencia clara y en el fondo de sus vertiginosos enigmas hay siempre una solución justa y sorprendente.”

 

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La piedra lunar, de Wilkie Collins


“Hay varios hechos que deberán ser relatados —prosiguió Mr. Franklin—, y contamos con algunas personas que, implicadas en los mismos, se hallan en condiciones de referirlos. Partiendo de esta simple verdad, el abogado opina que cada uno de nosotros debiera intervenir por turno en la tarea de llevar al papel la historia de la Piedra Lunar… llegando cada cual hasta el límite que le marque su propia experiencia, pero no más allá. Habremos de dar comienzo a la tarea, estableciendo la forma en que el diamante vino a caer primeramente en las manos de mi tío Herncastle, mientras se hallaba sirviendo en la India, hace cincuenta años. Este relato preliminar se encuentra en mi poder bajo la forma de una carta de familia, donde aparecen los detalles requeridos, narrados con la autoridad de un testigo ocular. Luego habrá que explicar cómo fue que el diamante vino a dar en la casa de mi tía en Yorkshire, hace dos años, y cómo fue que se perdió poco más de doce horas más tarde”.

La Piedra Lunar, de Wilkie Collins, no sólo es una entretenida y atrapante novela, de fácil lectura y queribles personajes, sino que tiene el enorme mérito de ser considerada la primera novela de detectives.

Así se refiere a ella la escritora P.D.James en su estudio Talking about Detective Fiction:

 “Si tuviéramos que otorgar el título de primera historia de detectives a una sola novela, mi elección – y creo que la de muchos – recaería en La piedra lunar. En mi opinión, ninguna otra novela de esta clase presagia con mayor claridad que ésta las que serían las principales características del género…

La piedra lunar es una historia compleja, con una estructura brillante, relatada por los diferentes personajes implicados de forma directa o indirecta. La variedad de estilos, voces y puntos de vista no sólo aporta diversidad e interés a la narración, sino una intensa vivacidad expresiva.

Collins trata con minuciosa precisión los detalles médicos y forenses. Hay un especial énfasis en la importancia de las pruebas físicas (….) y todas las pistas se le muestran al lector, anunciándose con ello la tradición del juego limpio según la cual el detective nunca debe hallarse en posesión de más información que aquél. El ingenioso desplazamiento de la sospecha de un personaje a otro se realiza con magnífica destreza y ese énfasis en las pruebas físicas y la manipulación sagaz del lector se convertirían en lugares comunes de la posterior literatura de misterio. Con todo, la novela posee otras virtudes importantes como historia de detectives. Wilkie Collins describe de manera sublime el aspecto y la atmósfera del escenario donde se desarrolla la historia…..La novela ofrece una interesante visión de varios aspectos de la época, gracias en particular a la fidelidad y a la diversidad del retrato, y como la presentación de las pistas está íntimamente vinculada a los pequeños detalles de la vida cotidiana, ese reflejo de las costumbres sociales contemporáneas acabaría convirtiéndose en uno de los rasgos más interesantes del relato de detectives…..

Wilkie Collins no solo fue innovador en el aspecto narrativo. Con su sargento Cuff, investigador aficionado al cultivo de las rosas, Collins creó a uno de los primeros detectives profesionales, un refinado conocedor de la naturaleza humana excéntrico pero creíble, inspirado en un inspector de Scotland Yard que existió en la vida real llamado Jonathan Wicher”

Por último, presentamos el prólogo que escribiera Jorge Luis Borges, en una de las ediciones en castellano de la novela

“En 1841, un pobre hombre de genio, cuya obra escrita es tal vez inferior a la vasta influencia ejercida por ella en las diversas literaturas del mundo, Edgar Allan Poe, publicó en Philadelphia Los crímenes de la Rue Morgue, el primer cuento policial que registra la historia. Este relato fija las leyes esenciales del género: el crimen enigmático y, a primera vista, insoluble, el investigador sedentario que lo descifra por medio de la imaginación y de la lógica, el caso referido por un ami-go impersonal y, un tanto borroso, del investigador. El investigador se llamaba Auguste Dupin; con el tiempo se llamaría Sherlock Holmes… Veintitantos años después aparecen El caso Lerouge, del francés Emile Gaboriau, y La dama de blanco y La piedra lunar, del inglés Wilkie Collins. Estas dos últimas novelas merecen mucho más que una respetuosa mención histórica; Chesterton las ha juzgado superiores a los más afortunados ejemplos de la escuela contemporánea. Swinburne, que apasionadamente renovaría la música del idioma inglés, afirmó que La piedra lunar es una obra maestra; Fitzgerald, insigne traductor (y casi inventor) de Omar Khayyam, prefirió La dama de blanco a las obras de Fielding y de Jane Austen.

 Wilkie Collins, maestro de la vicisitud de la trama, de la patética zozobra y de los desenlaces imprevisibles, pone en boca de los diversos protagonistas la sucesiva narración de la fábula. Este procedimiento, que permite el contraste dramático y no pocas veces satírico de los puntos de vista, deriva, quizá, de las novelas epistolares del siglo dieciocho y proyecta su influjo en el famoso poema de Browning El anillo y el libro, donde diez personajes narran uno tras otro la misma historia, cuyos hechos no cambian, pero sí la interpretación. Cabe recordar asimismo ciertos experimentos de Faulkner y del lejano Akutagawa, que tradujo, dicho sea de paso, a Browning.

La piedra lunar no sólo es inolvidable por su argumento también lo es por sus vívidos y humanos protagonistas. Betteredge, el respetuoso y repetidor lector de Robinson Crusoe; Ablew-hite, el filántropo; Rosanna Spearman, deforme y enamorada; Miss Clack, “la bruja metodista”; Cuff, el primer detective de la literatura británica.

El poeta T. S. Eliot ha declarado: “No hay novelista de nuestro tiempo que no pueda aprender algo de Collins sobre el arte de interesar al lector; mientras perdure la novela, deberán explorarse de tiempo en tiempo las posibilidades del melodrama. La novela de aventuras contemporánea se repite peligrosamente: en el primer capítulo el consabido mayordomo descubre el consabido crimen; en el último, el criminal es descubierto por el consabido detective, después de haberlo ya descubierto el consabido lector. Los recursos de Wilkie Collins son, por contraste, inagotables”. La verdad es que el género policial se presta menos a la novela que al cuento breve, Chesterton y Poe, su inventor. prefirieron siempre el segundo. Collins, para que sus personajes no fueran piezas de un mero juego o mecanismo, los mostró humanos y creíbles.

Hijo mayor del paisajista William Collins, el escritor nació en Londres, en 1824; murió en 1889. Su obra es múltiple; sus argumentos son a la vez complicados y claros, nunca morosos y confusos Fue abogado, opiómano, actor y amigo íntimo de Dickens, con el cual colaboró alguna vez.

El curioso lector puede consultar la biografía de Ellis (Wilkie Collins, 1931), los epistolarios de Dickens y los estudios de Eliot y de Swinburne.

Muerte de un forense, de P.D.James


“Y entonces oyó el ruido, tan suave como una única pisada, leve como el roce de una manga sobre madera. Venía a por ella. Estaba ahí. Y ya sólo hubo pánico. Sollozando, se lanzó contra las paredes de lado a lado, golpeando con las magulladas palmas sobre el rasposo y duro ladrillo. De pronto se abrió un espacio. Cayópor él, resbaló y la linterna escapó de sus manos. Gimiendo, se acurrucó en el suelo y esperó la muerte.”

En Muerte de un Forense P.D.James nos vuelve a introducir en la investigación de un asesinato. Como es característico en sus obras, nos muestra a los personajes – tanto víctimas como victimarios, con profundidad, con un gran sentido de humanidad y hasta de piedad. Podemos ver sus sentimientos, motivaciones, rencores y miedos. La descripción del entorno y del ambiente también contribuye a crear una atmósfera opresiva. El crimen es siempre una tragedia, y ante ella nadie – ni aún los investigadores – , queda indemne.

“Pensó en los neumáticos pinchados. ¿Podía ser que aquello se debiera a un simple accidente? Al dejar la bicicleta, por la mañana, los neumáticos estaban en buenas condiciones. Quizá, después de todo, no había vidrios rotos en la carretera. Quizás alguien los había pinchado deliberadamente, alguien que sabía que saldría tarde del laboratorio, que no quedaría nadie para acompañarla en coche, que forzosamente se vería en la necesidad de cruzar por el laboratorio en obras. Lo imaginó en la penumbra del crepúsculo, escabullándose sigilosamente por el cobertizo de las bicicletas con el cuchillo en la mano, agazapándose junto a las ruedas, calculando el tajo que debía dar para que los neumáticos se desinflaran antes de que ella hubiera llegado demasiado lejos en su recorrido. Y en aquellos momentos estaba esperándola en algún rincón de las tinieblas, de nuevo con el cuchillo en la mano. Lo vio sonreír y probar el filo, escuchando sus movimientos, esperando ver la luz de su linterna. Naturalmente, él también tendría una linterna. Y pronto centellearía sobre su rostro, deslumbrándola e impidiéndole ver la cruel y triunfante boca, el refulgente cuchillo. Instintivamente apagó la luz y escuchó, mientras su corazón latía con tal torrente de sangre que le pareció que hasta los muros de ladrillo debían estremecerse”.

Maigret y la gente


 

Muchos escritores del género, – los mejores – trascienden el mero relato de una investigación detectivesca, y en sus obras podemos encontrar mucho más. Algo así pasa en la obra del gran Georges Simenon, cuyo célebre Comisario Maigret, transita las calles de París como un hombre común, y  cuyas historias transcurren en esas mismas calles, y entre esa misma gente. Así, el relato policial se convierte, además, en un relato de la vida cotidiana.

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“ Era un trozo de calle banal, casi sin transeúntes, dos aceras, unas casas, algunos centenares de personas viviendo en las casas, hombres que salían por la mañana y volvían de noche, mujeres que llevaban la casa, niños que armaban jaleo, viejos que tomaban el fresco en las ventanas o en la puerta de la calle.

Había también una gorda de mirada infantil que jugaba a tener una pensión, un viejo que daba lecciones de canto a niñas aspirantes a la Ópera, un estudiante que se moría de hambre y luchaba contra el sueño con la esperanza de poner un día una placa de médico o de dentista en su puerta; una putita perezosa que leía novelas durante todo el día echada en su cama, y una joven mecanógrafa que se hacía traer de noche a casa en taxi; los Lotard con su bebé, los Saft que esperaban uno; el señor Kridelka, con aspecto de traidor de película y que probablemente era el hombre más dulce del mundo. Y había…..

Buenas gentes, como decía Mlle Clement. Gentes como hay en todas partes, que debían encontrar cadsa día dinero para comer, y cada mes la cantidad necesaria para pagar su alquiler.

Y había vecinos: el hombre que había salido por la mañana con una maleta de viajante, una mujer que sacudía su paño del polvo por la ventana y alguien que se quedaba con la luz encendida, más arriba, hasta muy tarde.

¿Qué se encontraría, si pasasen por la calle un peine espeso? Una mayoría, sin duda, de lo que suele llamarse gentes honradas. Ningún rico. Algunos pobres. Y, probablemente, también algún medio crápula.

Pero, ¿y el asesino?”[1]

 

[1] “Maigret en meublé”  1962, pag 189

 

El Almirante Flotante


El Almirante Flotante es un curiosa novela escrita en colaboración por G. K. Chesterton, Dorothy Sayers, Agatha Christie, Anthony Berkeley y otros destacados miembros del Detection Club de Londres. En su prólogo, así se refiere Dorothy L. Sayers, a este singular ejercicio de escritura:

“Su asunto debía ser lo más semejante posible a un caso policial verdadero. Con la única excepción del pintoresco prólogo de míster Chesterton, que fue escrito al final, cada colaborador se las entendió con el problema que le planteaban los capítulos precedentes sin la más remota idea de la solución, o las soluciones, que sus predecesores pudieran tener previstas. Sólo dos normas se le impusieron: cada uno debía urdir su intriga con una solución determinada, vale decir que no le estaba permitido introducir nuevas complicaciones con el mero propósito de «dificultar el caso». Debía estar dispuesto, si eventualmente así le fuera exigido, a explicar sus propias pistas en forma coherente y plausible, y para tener la seguridad de que jugaba limpio a este respecto se le obligaba a entregar, junto con su correspondiente capítulo, su solución particular del enigma. Estas soluciones se incluyen al final del libro, en beneficio del lector curioso.

En segundo término, cada escritor se comprometía a afrontar lealmente todas las dificultades dejadas para su análisis por sus predecesores. Si la actitud de Elma acerca del amor y el matrimonio parecía extrañamente voluble, o si el bote era guardado al revés en la casilla, tales hechos debían encajar en su solución y no le estaba permitido descartarlos en calidad de caprichos o accidentes, ni ofrecer una explicación que no los tuviese en cuenta.

Es natural que a medida que las pistas se fueron acumulando con el tiempo, las soluciones sugeridas se hicieron correlativamente más complicadas y precisas, al tiempo que los contornos generales de la intriga se consolidaban y concretaban. Pero es entretenido y aleccionador observar el número asombroso de interpretaciones diferentes que pueden concebirse para dar cuenta de los hechos más simples. Donde un escritor dejó una pista, convencido quizá de que sólo podía apuntar en una dirección evidente, otros escritores sucesivos se las compusieron para hacerla apuntar en la dirección exactamente contraria. Y tal vez sea en esto en lo que el juego se aproximó más a la realidad. Solemos juzgarnos los unos a los otros por nuestras reacciones externas, pero, en la motivación en ellas implícita, nuestro juicio puede errar totalmente. Preocupados por nuestra interpretación personal del asunto, no alcanzamos a discernir más allá del hecho sino un motivo posible, y por consiguiente nuestra solución puede ser perfectamente lógica y consistente, sin dejar por ello de ser perfectamente errónea. Acaso sea esta comprobación la que produjo en nosotros, autores de novelas policiales, un efecto más saludable de confusión y asombro. Estamos por demás habituados a consentir que nuestro gran detective diga con petulancia: «¿No ve usted, mi querido Watson, que estos hechos no admiten más que una interpretación?» A partir de nuestra experiencia con El almirante flotante, nuestros grandes sabuesos tendrán que aprender a expresarse con más cautela.

Si el juego que así practicamos para nuestro propio esparcimiento logra, además, divertir a otras personas, es al lector a quien toca decirlo. Solo podemos asegurarle que intervenimos en él honradamente, y respetando las reglas, con todo el ímpetu y el entusiasmo de los buenos jugadores”.

La máscara de Dimitrios, de Eric Ambler


“Aquí hay un asesino de verdad. Estamos enterados de su existencia desde hace unos 20 años. Este es el dossier de ese individuo. Sabemos de un asesinato que tal vez haya cometido él. Sin duda tiene que haber otros muchos que desconocemos. Este hombre es un caso típico. Un tipo sucio, vulgar, cobarde, una escoria. Asesinato, espionaje, drogas. Esa es la historia……”

 

Eric Ambler (1909 -1998) fue un escritor británico, considerado por muchos, el creador del thriller político y de espionaje, y La máscara de Dimitrios, -publicada en 1939-, es, quizás, su novela más famosa.

 

 “Muchos años, Europa, después de la agonía, imaginó por un instante que sus dolores constituirían una nueva gloria; después, había vuelto a caer en el lodo, en medio de los pavores de la guerra. Nuevos gobiernos habían surgido y habían caído; hombres y mujeres habían trabajado, habían padecido hambre, habían dicho discursos, habían luchado, habían sido torturados, habían muerto. La esperanza había surgido y se había apagado: una fugitiva en el aura perfumada de la ilusión. Los hombres habían aprendido a husmear la materia de los sueños impetuosos del alma y esperaban sin inmutarse que las plataformas giratorias pusieran a los cañones en el sitio exacto para la destrucción.

Y a lo largo de todos aquellos años, Dimitrios había vivido y respirado y mantenido trato con sus extraños dioses. Había sido un hombre peligroso. Ahora, en medio de la soledad de su muerte, junto a aquella escuálida pila de ropas que constituían todo su patrimonio, resultaba digno de piedad.”

 

La Mascara de Dimitrios fue rápidamente llevada al cine. Dirigida por Jean Negulesco en 1944, tuvo como intérpretes a Zachary Scott, y a los excelentes Peter Lorre y Sidney Greenstreet, estos últimos en papeles protagónicos.

Muerte en el otro cuarto, de Anthony Gilbert


Esta novela, de ágil lectura, ideal para las tardes de estío, se caracteriza por su tono irónico y sus descripciones de personajes y de situaciones plenas de humor. Su trama es simple y, aunque su final es predecible, esto no le quita interés al relato.

“Alrededor de las doce menos diez, cuando Crook recorría su camino tenazmente en medio de la noche, se abrió una puerta y una figura silenciosa se deslizó por el pasillo. Se hallaba embozada en unas negras vestiduras, que la volvían casi invisible en la casa sin luces, y sostenía algo en la mano. Se detuvo, rígida como un poste, escuchando con atención y luego comenzó a descender despacio por la escalera. De vez en cuando se detenía, como si presintiera un obstáculo, pero al no descubrir a nadie, proseguía su peligroso descenso. En todas partes, la oscuridad era tupida. La figura se acercó a la puerta principal, levantó la falleba y salió al exterior. Merced a las conversaciones de esa noche, no había duda del lugar donde se hallaba la llave y con ella cerró la puerta desde afuera. Pronto terminó con sus simples preparativos y entonces se mantuvo a la expectativa. Aunque reinaba la oscuridad, algunos sonidos distinguían la vida de la muerte. Un búho chilló apagadamente, crujieron los árboles, sacudidos por el viento húmedo y frío que había seguido a la lluvia, y por doquier flotaba un perfume y el murmullo de los arbustos que crean el ámbito de la noche.

El que esperaba en la sombra tembló, inquieto, al oír el sonido de un automóvil que se aproximaba.”

 

Publicada en la magistral colección El Séptimo Círculo, – se la encuentra fácilmente por 60 pesos o menos en las librerías porteñas-  transcribimos, para finalizar, el prefacio que los editores de la colección le dedicaron a la autora:

“Anthony Gilbert (Lucy Beatrice Malleson) logra mantener sin esfuerzo un nivel de excelencia. Del catálogo de sus obras mencionaremos: The case against Andrew Fane, Death at four corners, Body on the beam, an old lady dies, Dear dead woman, Treason in my breast, The woman in red, He came by night, The long shadow, The case of the Teacosy´s aunt, The mouse who wouldn´t play ball, The bell of death, Don´t open the door, Lift up the lid.

Estas singularísimas obras enriquecen y continúan, dentro de la novelística inglesa, la enérgica tradición de Dickens y de Wilkie Collins. Plantean problemas de apariencia insoluble; comprometen, desde las primeras líneas, la urgente curiosidad del lector; sus diálogos son vivos, y la realidad de sus personajes, alucinante. Las distingue, aunque sabiamente construídas, el ímpetu vital, avasallador, de la obra espontánea.”

Diez Negritos


Diez negritos se fueron a cenar.

Uno de ellos se asfixió y quedaron

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DIEZ NEGRITOS es una de las más famosas novelas escritas por Agatha Christie.

Su argumento es simple: diez desconocidos son invitados a pasar un fin de semana en una isla. Allí comienzan a ser asesinados, uno por uno, de acuerdo a la letra de una canción infantil.

Aunque no es un relato de detectives, ya que no los hay, se plantea una situación común a las novelas de misterio, un grupo de personas reunidas en un lugar cerrado y obligadas a convivir, y en grado creciente, a afrontar miedos, sospechas, angustias y finalmente, sus propias muertes.

“A su pesar los invitados se fueron a sus habitaciones. Si hubiesen estado en una vieja casona con las escaleras y los suelos cimbreantes, con rincones llenos de sombras por todas partes y paredes artesonadas y oscuras, hubiesen podido sentir siniestros temores, pero no se encontraban en tal caso.

En esta vivienda ultramoderna, exenta de oscuros rincones, con luz eléctrica derramada a chorros, todo era nuevo, brillante, resplandeciente, nada podía esconderse de malo, faltaba por completo el ambiente de los viejos caserones atormentados.

Y, sin embargo, inspiraba a los reunidos un temor inexplicable.

Se desearon las buenas noches y entraron en sus respectivos dormitorios. Casi inconscientemente todos echaron la llave a su puerta”.

 

De fácil lectura, es una buena forma de introducirse en el género. La misma autora, rápidamente convirtió la novela original en una obra teatral, la cual, a su vez, fue llevada al cine en muchas ocasiones, siendo la realizada por el gran Rene Clair en 1945 la primera, – y a mi juicio-, la mejor. Y, aunque la isla fue reemplazada en las sucesivas versiones por hoteles en el desierto, safaris africanos o refugios alpinos, en general, en todas se respeta la trama original.

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Así se refiere la autora a su obra:

“Había escrito Diez negritos porque era tan difícil de realizar que la idea me fascinaba. Tenían que morir diez personas, sin caer en lo ridículo, y sin que se viera fácilmente quién era el asesino. Escribí el libro después de una planificación concienzuda y el resultado me gustó. Era claro, directo, de solución nada fácil, aunque la explicación fuera perfectamente razonable, tal como se aclaraba en el epílogo. La obra gustó y tuvo buena crítica, aunque quién se quedó realmente encantada fui yo misma, pues sabía mejor que ningún crítico lo que me había costado escribirla”

Un negrito se encontraba solo.

Y se ahorcó y no quedó…

¡Ninguno!

LA MUERTE LENTA DE LUCIANA B., de Guillermo Martínez


 

 

“El teléfono sonó una mañana de domingo y tuve que arrancarme de un sueño de lápida para atenderlo. La voz sólo dijo Luciana, en un susurro débil y ansioso, como si esto hubiera debido bastarme para recordarla. Repetí el nombre, desconcertado, y ella agregó su apellido, que me trajo una evocación lejana, todavía indefinida, y luego, en un tono algo angustiado, me recordó quién era. Luciana B. La chica del dictado. Claro que me acordaba. ¿Habían pasado verdaderamente diez años? Sí: casi diez años, me confirmó, se alegraba de que yo viviera todavía en el mismo lugar. Pero no parecía en ningún sentido alegre. Hizo una pausa. ¿Podía verme? Necesitaba verme, se corrigió, con un acento de desesperación que alejó cualquier otro pensamiento que pudiera formarme. Sí, por supuesto, dije algo alarmado, ¿cuándo? Cuando puedas, cuanto antes….

Así comienza: La Muerte lenta de Luciana B.

Guillermo Martínez, nos presenta aquí un inquietante thriller psicológico.

La novela contiene los elementos comunes al género policial: una sucesión de tragedias, una investigación, un sospechoso, una víctima, un detective en la búsqueda de la verdad…, narración en primera persona…

Pero, el relato va mucho más allá, y, por momentos excede los límites tradicionales del género, con algunas puertas abiertas hacia lo azaroso o lo sobrenatural, o lo fantástico, si es que el lector quiere creerlo así, y este es otro de los elementos que cabe destacar de esta novela. El lector puede, también, clasificar el relato – o parte de él –  dentro de un género u otro.

Hay un clima opresivo y una excelente confrontación de caracteres, tanto intelectual como psicológica, en un juego de obsesión y venganza, donde cada uno de los protagonistas aporta su subjetividad en la reconstrucción de los hechos, – y por lo tanto, en la trama -, y donde la verdad pasa por las explicaciones que se dan al lector, – y vale recalcar el plural – que por las evidencias concretas encontradas.

 También hay una corriente subterránea relacionada con el mundo de la literatura (los protagonistas principales son escritores), donde la realidad y la ficción, muchas veces se mimetizan.

En definitiva, tenemos una atrapante novela, cuya lectura recomendamos.

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Autor y matemático argentino, Guillermo Martínez (1962) estudió Matemáticas en la Universidad del Sur, completando su formación académica primero en Buenos Aires, donde se doctoró en Lógica, y más tarde en Oxford.

Sin embargo, su gran pasión ha sido siempre la creación literaria. Tras sus estudios, pasó varios años como artista residente en universidades de Canadá y Estados Unidos.

Su primer libro publicado fue una antología de relatos, a la que siguieron dos novelas que pasaron desapercibidas para el gran público (Acerca de Roderer y La mujer del maestro). En 2003 publicó la que es su obra más conocida, Los crímenes de Oxford, obra con la que consiguió premios y celebridad mundial y que en 2008 fue llevada al cine de manos de Álex de la Iglesia.

Además de éstas y La muerte lenta de Luciana B., escribió Gödel para Todos, Yo también tuve una novia bisexual, y Una felicidad repulsiva.

El Caso de los Anónimos, de Agatha Christie


“He recordado con frecuencia la mañana en que llegó el primero de los

anónimos.

Lo recibí a la hora del desayuno y le di vueltas y más vueltas, como

suele hacerse cuando el tiempo se hace largo y a todo acontecimiento

hay que sacarle el mayor jugo posible. Era una carta del interior, con

las señas escritas a máquina. La abrí antes que otras dos que

llevaban matasellos de Londres, ya que una de ellas era,

evidentemente, una factura, y en la segunda reconocí la escritura de

una de mis latosas primas.

Ahora resulta raro recordar que a Joanna y a mí la carta nos hizo más

gracia que otra cosa. Entonces no teníamos ni la más vaga idea de lo

que había de venir: aquel rastro de sangre y violencia, de

desconfianza y de temor”.

 

El Caso de los Anónimos es una amena novela, de fácil lectura, que Agatha Christie escribió en 1943.

Como en tantas otras de sus obras, nos presenta en ésta lo que fue su especialidad. Un pequeño pueblo rural, con sus habitantes de siempre: el médico, el abogado, el sacerdote y su esposa, las típicas solteronas y las típicas criadas.

Narrada en primera persona, desde que comenzamos, vamos compartiendo el punto de vista, y también, sobre todo, los temores del protagonista .

 

“Ahora me parece extraño que en nuestras elucubraciones acerca del

estado de ánimo de la Pluma Venenosa, pasáramos por alto lo más

evidente. Griffith la había imaginado triunfante. Yo, presa de

remordimientos… por el resultado de su obra; y la señora Calthrop

como un ser desgraciado.

No obstante, la reacción inevitable que no habíamos tenido en

cuenta… o tal vez debiera decir que yo no había considerado… era el

«miedo».

Porque con la muerte de la señora Symmington las cartas habían

pasado de una categoría a otra. Ignoro cuál sería la posición legal…

supongo que Symmington lo sabría, pero era evidente que con una

muerte como resultado, la posición del autor o la autora de los

anónimos era mucho más seria. No podrían pasar como una simple

broma, una vez aclarada la identidad del autor. La policía trabajaba

activamente; se había solicitado la ayuda de un experto de Scotland

Yard, y ahora era de vital importancia para el autor de las cartas

permanecer en el anónimo.

Y dando por hecho, que el «miedo» fuera su reacción natural, a ella

seguían otras consecuencias cuyas posibilidades yo desconocía…

aunque fueran igualmente obvias”.

 

Si bien Miss Marple es quien aparece al final de la obra para develar el misterio, su rol, a mi juicio, es secundario, y la novela podría tranquilamente prescindir de ella.

Como dato anecdótico,  cabe agregar que, para la misma época, y sin que medie relación con esta novela, Henry George Clouzot filmó su obra maestra, Le Corveau, donde también los anónimos fueron protagonistas.

Para finalizar, leamos las palabras que, a modo de prefacio, escribió la autora:

 

“Siempre resulta agradable plantearnos un tema clásico y ver lo que

puede hacerse con él. En este caso, el tema de la pluma que destila

veneno, sigue las líneas generales de otros casos bien conocidos y

comprobados de escritores de anónimos. ¿Hasta qué punto se

parecen? ¿Él motivo fundamental es casi siempre el mismo? ¿Qué

campo ofrece semejante material para una persona aficionada al

crimen? El caso de los anónimos es mi contribución al asunto.

Mientras escribía el libro inventé un personaje a quien he llegado a

apreciar mucho y que se hizo singularmente real para mí. Si Megan

entrase en mi cuarto mañana, habría de reconocerla en seguida y me

encantaría verla. Le estoy agradecida por haber cobrado vida en mi

obsequio. También quisiera encontrarme con la mujer del pastor,

pero temo que jamás lo lograré.

Escribiendo este libro disfruté con fruición.

Me gustaron su cómodo ambiente de pueblo y sus personajes. Los

ambientes exóticos, pienso a veces, restan interés al crimen en sí.

Para que un crimen resulte interesante, ha de producirse entre

gentes que ustedes mismos podrían encontrar cualquier día”.