La piedra lunar, de Wilkie Collins


“Hay varios hechos que deberán ser relatados —prosiguió Mr. Franklin—, y contamos con algunas personas que, implicadas en los mismos, se hallan en condiciones de referirlos. Partiendo de esta simple verdad, el abogado opina que cada uno de nosotros debiera intervenir por turno en la tarea de llevar al papel la historia de la Piedra Lunar… llegando cada cual hasta el límite que le marque su propia experiencia, pero no más allá. Habremos de dar comienzo a la tarea, estableciendo la forma en que el diamante vino a caer primeramente en las manos de mi tío Herncastle, mientras se hallaba sirviendo en la India, hace cincuenta años. Este relato preliminar se encuentra en mi poder bajo la forma de una carta de familia, donde aparecen los detalles requeridos, narrados con la autoridad de un testigo ocular. Luego habrá que explicar cómo fue que el diamante vino a dar en la casa de mi tía en Yorkshire, hace dos años, y cómo fue que se perdió poco más de doce horas más tarde”.

La Piedra Lunar, de Wilkie Collins, no sólo es una entretenida y atrapante novela, de fácil lectura y queribles personajes, sino que tiene el enorme mérito de ser considerada la primera novela de detectives.

Así se refiere a ella la escritora P.D.James en su estudio Talking about Detective Fiction:

 “Si tuviéramos que otorgar el título de primera historia de detectives a una sola novela, mi elección – y creo que la de muchos – recaería en La piedra lunar. En mi opinión, ninguna otra novela de esta clase presagia con mayor claridad que ésta las que serían las principales características del género…

La piedra lunar es una historia compleja, con una estructura brillante, relatada por los diferentes personajes implicados de forma directa o indirecta. La variedad de estilos, voces y puntos de vista no sólo aporta diversidad e interés a la narración, sino una intensa vivacidad expresiva.

Collins trata con minuciosa precisión los detalles médicos y forenses. Hay un especial énfasis en la importancia de las pruebas físicas (….) y todas las pistas se le muestran al lector, anunciándose con ello la tradición del juego limpio según la cual el detective nunca debe hallarse en posesión de más información que aquél. El ingenioso desplazamiento de la sospecha de un personaje a otro se realiza con magnífica destreza y ese énfasis en las pruebas físicas y la manipulación sagaz del lector se convertirían en lugares comunes de la posterior literatura de misterio. Con todo, la novela posee otras virtudes importantes como historia de detectives. Wilkie Collins describe de manera sublime el aspecto y la atmósfera del escenario donde se desarrolla la historia…..La novela ofrece una interesante visión de varios aspectos de la época, gracias en particular a la fidelidad y a la diversidad del retrato, y como la presentación de las pistas está íntimamente vinculada a los pequeños detalles de la vida cotidiana, ese reflejo de las costumbres sociales contemporáneas acabaría convirtiéndose en uno de los rasgos más interesantes del relato de detectives…..

Wilkie Collins no solo fue innovador en el aspecto narrativo. Con su sargento Cuff, investigador aficionado al cultivo de las rosas, Collins creó a uno de los primeros detectives profesionales, un refinado conocedor de la naturaleza humana excéntrico pero creíble, inspirado en un inspector de Scotland Yard que existió en la vida real llamado Jonathan Wicher”

Por último, presentamos el prólogo que escribiera Jorge Luis Borges, en una de las ediciones en castellano de la novela

“En 1841, un pobre hombre de genio, cuya obra escrita es tal vez inferior a la vasta influencia ejercida por ella en las diversas literaturas del mundo, Edgar Allan Poe, publicó en Philadelphia Los crímenes de la Rue Morgue, el primer cuento policial que registra la historia. Este relato fija las leyes esenciales del género: el crimen enigmático y, a primera vista, insoluble, el investigador sedentario que lo descifra por medio de la imaginación y de la lógica, el caso referido por un ami-go impersonal y, un tanto borroso, del investigador. El investigador se llamaba Auguste Dupin; con el tiempo se llamaría Sherlock Holmes… Veintitantos años después aparecen El caso Lerouge, del francés Emile Gaboriau, y La dama de blanco y La piedra lunar, del inglés Wilkie Collins. Estas dos últimas novelas merecen mucho más que una respetuosa mención histórica; Chesterton las ha juzgado superiores a los más afortunados ejemplos de la escuela contemporánea. Swinburne, que apasionadamente renovaría la música del idioma inglés, afirmó que La piedra lunar es una obra maestra; Fitzgerald, insigne traductor (y casi inventor) de Omar Khayyam, prefirió La dama de blanco a las obras de Fielding y de Jane Austen.

 Wilkie Collins, maestro de la vicisitud de la trama, de la patética zozobra y de los desenlaces imprevisibles, pone en boca de los diversos protagonistas la sucesiva narración de la fábula. Este procedimiento, que permite el contraste dramático y no pocas veces satírico de los puntos de vista, deriva, quizá, de las novelas epistolares del siglo dieciocho y proyecta su influjo en el famoso poema de Browning El anillo y el libro, donde diez personajes narran uno tras otro la misma historia, cuyos hechos no cambian, pero sí la interpretación. Cabe recordar asimismo ciertos experimentos de Faulkner y del lejano Akutagawa, que tradujo, dicho sea de paso, a Browning.

La piedra lunar no sólo es inolvidable por su argumento también lo es por sus vívidos y humanos protagonistas. Betteredge, el respetuoso y repetidor lector de Robinson Crusoe; Ablew-hite, el filántropo; Rosanna Spearman, deforme y enamorada; Miss Clack, “la bruja metodista”; Cuff, el primer detective de la literatura británica.

El poeta T. S. Eliot ha declarado: “No hay novelista de nuestro tiempo que no pueda aprender algo de Collins sobre el arte de interesar al lector; mientras perdure la novela, deberán explorarse de tiempo en tiempo las posibilidades del melodrama. La novela de aventuras contemporánea se repite peligrosamente: en el primer capítulo el consabido mayordomo descubre el consabido crimen; en el último, el criminal es descubierto por el consabido detective, después de haberlo ya descubierto el consabido lector. Los recursos de Wilkie Collins son, por contraste, inagotables”. La verdad es que el género policial se presta menos a la novela que al cuento breve, Chesterton y Poe, su inventor. prefirieron siempre el segundo. Collins, para que sus personajes no fueran piezas de un mero juego o mecanismo, los mostró humanos y creíbles.

Hijo mayor del paisajista William Collins, el escritor nació en Londres, en 1824; murió en 1889. Su obra es múltiple; sus argumentos son a la vez complicados y claros, nunca morosos y confusos Fue abogado, opiómano, actor y amigo íntimo de Dickens, con el cual colaboró alguna vez.

El curioso lector puede consultar la biografía de Ellis (Wilkie Collins, 1931), los epistolarios de Dickens y los estudios de Eliot y de Swinburne.

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El Caso de los Anónimos, de Agatha Christie


“He recordado con frecuencia la mañana en que llegó el primero de los

anónimos.

Lo recibí a la hora del desayuno y le di vueltas y más vueltas, como

suele hacerse cuando el tiempo se hace largo y a todo acontecimiento

hay que sacarle el mayor jugo posible. Era una carta del interior, con

las señas escritas a máquina. La abrí antes que otras dos que

llevaban matasellos de Londres, ya que una de ellas era,

evidentemente, una factura, y en la segunda reconocí la escritura de

una de mis latosas primas.

Ahora resulta raro recordar que a Joanna y a mí la carta nos hizo más

gracia que otra cosa. Entonces no teníamos ni la más vaga idea de lo

que había de venir: aquel rastro de sangre y violencia, de

desconfianza y de temor”.

 

El Caso de los Anónimos es una amena novela, de fácil lectura, que Agatha Christie escribió en 1943.

Como en tantas otras de sus obras, nos presenta en ésta lo que fue su especialidad. Un pequeño pueblo rural, con sus habitantes de siempre: el médico, el abogado, el sacerdote y su esposa, las típicas solteronas y las típicas criadas.

Narrada en primera persona, desde que comenzamos, vamos compartiendo el punto de vista, y también, sobre todo, los temores del protagonista .

 

“Ahora me parece extraño que en nuestras elucubraciones acerca del

estado de ánimo de la Pluma Venenosa, pasáramos por alto lo más

evidente. Griffith la había imaginado triunfante. Yo, presa de

remordimientos… por el resultado de su obra; y la señora Calthrop

como un ser desgraciado.

No obstante, la reacción inevitable que no habíamos tenido en

cuenta… o tal vez debiera decir que yo no había considerado… era el

«miedo».

Porque con la muerte de la señora Symmington las cartas habían

pasado de una categoría a otra. Ignoro cuál sería la posición legal…

supongo que Symmington lo sabría, pero era evidente que con una

muerte como resultado, la posición del autor o la autora de los

anónimos era mucho más seria. No podrían pasar como una simple

broma, una vez aclarada la identidad del autor. La policía trabajaba

activamente; se había solicitado la ayuda de un experto de Scotland

Yard, y ahora era de vital importancia para el autor de las cartas

permanecer en el anónimo.

Y dando por hecho, que el «miedo» fuera su reacción natural, a ella

seguían otras consecuencias cuyas posibilidades yo desconocía…

aunque fueran igualmente obvias”.

 

Si bien Miss Marple es quien aparece al final de la obra para develar el misterio, su rol, a mi juicio, es secundario, y la novela podría tranquilamente prescindir de ella.

Como dato anecdótico,  cabe agregar que, para la misma época, y sin que medie relación con esta novela, Henry George Clouzot filmó su obra maestra, Le Corveau, donde también los anónimos fueron protagonistas.

Para finalizar, leamos las palabras que, a modo de prefacio, escribió la autora:

 

“Siempre resulta agradable plantearnos un tema clásico y ver lo que

puede hacerse con él. En este caso, el tema de la pluma que destila

veneno, sigue las líneas generales de otros casos bien conocidos y

comprobados de escritores de anónimos. ¿Hasta qué punto se

parecen? ¿Él motivo fundamental es casi siempre el mismo? ¿Qué

campo ofrece semejante material para una persona aficionada al

crimen? El caso de los anónimos es mi contribución al asunto.

Mientras escribía el libro inventé un personaje a quien he llegado a

apreciar mucho y que se hizo singularmente real para mí. Si Megan

entrase en mi cuarto mañana, habría de reconocerla en seguida y me

encantaría verla. Le estoy agradecida por haber cobrado vida en mi

obsequio. También quisiera encontrarme con la mujer del pastor,

pero temo que jamás lo lograré.

Escribiendo este libro disfruté con fruición.

Me gustaron su cómodo ambiente de pueblo y sus personajes. Los

ambientes exóticos, pienso a veces, restan interés al crimen en sí.

Para que un crimen resulte interesante, ha de producirse entre

gentes que ustedes mismos podrían encontrar cualquier día”.

 

El Faro, de P.D.James


“En algún lugar, hasta ahora sólo imaginado, un cadáver la esperaba tendido en la fría abstracción de la muerte. Un grupo de personas esperaba que llegara la policía, algunas de ellas apenadas, la mayoría aprensivas, una compartiendo sin duda su propia mezcla embriagadora de excitación y resolución”. 

 

 

En esta excelente novela de P.D.James, magníficamente ambientada en una isla castigada por el viento, la niebla y el mar, la investigación policial se centra en torno a la muerte de un conocido escritor. Su facil lectura, la descripción del paisaje y de los edificios como parte esencial de la narración, y la humanidad con que estan retratados los personajes, hacen de ésta, una lectura ineludible. A continuacion dos fragmentos..

“A veces, al despertar se encontraba en el suelo, pero esta noche tenía las sábanas medio enredadas en el cuerpo. En alguna ocasión, el grito dado al despertar alarmó a Miranda y ella apareció, práctica como siempre, tranquilizadora, preguntándole si todo iba bien, si necesitaba algo, si quería que preparara una taza de té para los dos. El contestó: «Es sólo un mal sueño, sólo un mal sueño. Ve a la cama.» Pero sabía que esta noche no vendría. Nadie vendría. Se quedó tendido, mirando fijamente la raya de luz que le alejaba del horror; luego, muy despacio, se levantó de la cama, fue tambaleándose hasta la ventana y abrió de par en par los postigos al amplio panorama de las estrellas y el mar luminoso.

Se sintió inconmensurablemente pequeño, como si su mente y su cuerpo se hubieran encogido y él estuviera solo en un globo giratorio, contemplando la inmensidad. Allí estaban las estrellas, moviéndose de acuerdo con las leyes del mundo físico, pero su brillo estaba únicamente en su mente, una mente que empezaba a fallarle, y unos ojos que ya no conseguían ver con claridad. Sólo tenía sesenta y ocho años pero lenta, inexorablemente, su luz se extinguía. Se sintió intensamente solo, como si no existiese ningún otro ser vivo. Nada podía ayudarlo, ni en ningún lugar de la Tierra ni en aquellos mundos muertos que giraban en el cielo con su brillo ilusorio. Nadie lo oiría si se abandonaba a un impulso casi irresistible y gritaba en voz alta a la noche insensible: «¡No te lleves mis palabras! ¡Devuélveme mis palabras!»”

 

“Y entonces, tan misteriosamente como había bajado, la niebla empezó a levantar. Frágiles y sutiles velos pasaron ante el faro, se juntaron y se disolvieron. Gradualmente formas y colores empezaron a revelarse, y lo misterioso e intangible se convirtió en familiar y real. Y entonces lo vio. Su corazón dio un vuelco y empezó a golpear su pecho con una fuerza que le hizo estremecerse. Debió de gritar, pero no oyó otro sonido que el graznido de una gaviota solitaria. Y poco a poco el horror se fue revelando, primero detrás de un delgado velo de niebla y luego con una claridad absoluta. Los colores reaparecieron, pero con una intensidad mayor de lo que recordaba: las paredes resplandecientes, el fanal rojo en lo alto rodeado por una barandilla blanca, la extensión azul del mar, el cielo tan claro como en un día de verano.

Y en lo alto, recortado contra la blancura del faro, un cuerpo colgado: el rojo y el azul trenzados de la soga que ascendía hasta la barandilla, el cuello manchado y estirado como el pescuezo de un pavo, la cabeza grotescamente grande caída hacia un lado, las manos con las palmas hacia fuera, como en una parodia de bendición. El cuerpo llevaba zapatos, pero en un segundo de desorientación le pareció ver los pies colgar uno al lado del otro en una desnudez patética.

Le pareció que pasaban los minutos, pero sabía que el tiempo se había detenido. Y entonces oyó un gemido agudo y continuo. Miró a su derecha, y vio a Jago y a Millie. La muchacha miraba hacia arriba, a Oliver, y su llanto era tan continuo que apenas podía respirar.

Y entonces, dando la vuelta a la pared del faro, apareció el grupo de búsqueda. No pudo distinguir ninguna palabra, pero el aire pareció vibrar con una confusa mezcla de gemidos, gritos ahogados, exclamaciones, quejidos y lloriqueos, un sordo lamento colectivo realzado por el llanto de Millie y la súbita algarabía de las gaviotas.”

Hércules Poirot


En la literatura y el cine policial, Hercule Poirot es uno de los detectives más conocidos. Interpretado en la pantalla por Tony Randall, Albert Finney, Peter Ustinov, y David Suchet, hizo su aparición pública en la primera novela de Christie, El misterioso caso de Styles, de 1920

En su autobiografía, así se refiere la autora a la génesis de este personaje:

“…Por supuesto, tenía que haber un detective. Por aquellas fechas estaba muy influenciada por Sherlock Holmes. Así que me puse a estudiar tipos de detectives. No al estilo de Sherlock Holmes, por supuesto, inventaría uno de mi propia cosecha, que tendría también un amigo en calidad de ayudante o lugarteniente: no era demasiado difícil …..¿Quién sería el detective? Repasé todos los que había conocido y admirado en los libros. Estaba Sherlock Holmes, el primero y el único: nunca sería capaz de emular sus aventuras. Arsenio Lupín, ¿qué era, un criminal o un detective? De todas formas no era mi tipo. Estaba también aquel joven periodista Rouletabille de El misterio del cuarto amarillo: ése era el tipo de persona que me hubiera gustado inventar, alguien poco habitual. ¿A quién podía utilizar? ¿Un estudiante? Bastante difícil. ¿Un científico? ¿Y qué sabía yo de científicos? Entonces me acordé de nuestros refugiados belgas…..¿por qué no hacer que mi detective fuera belga? Pensé. Había toda clase de refugiados. ¡Qué tal un oficial de  policía refugiado? Pero un oficial jubilado, no uno demasiado joven….

Así que me decidí por un detective belga. Poco a poco fui moldeando su personalidad. Sería un inspector, para que tuviera ciertos conocimientos sobre el crimen. Debía ser meticuloso, muy ordenado, me dije a mi misma, mientras amontonaba las cosas más insospechadas en mi dormitorio. Un hombrecito ordenado, clasificando siempre sus cosas, emparejándolas, gustándole más los objetos cuadrados que redondos. Además, sería muy cerebral, con la cabeza llena de pequeñas células grises. Ésa era una buena frase: debía recordarla. Sí, tendría muchas pequeñas células grises. Necesitaba un nombre ampuloso, uno de esos nombres que Sherlock Holmes y su familia tenían…. ¿Qué tal si llamaba a mi hombrecito Hércules? Sería un hombre pequeño con un gran nombre: Hércules. Su apellido ya resultaba más difícil. No recuerdo como obtuve el de Poirot,….. de todas formas el apellido surgió. Pegaba bien con Hércules: Hércules Poirot. Estupendo”

Y así lo describe su amigo y partenaire de sus primeras investigaciones, Arthur Hastings,

“Poirot era un hombre menudo con un aspecto extraordinariamente llamativo. Mediría poco más de un metro sesenta, pero su figura poseía una gran dignidad. Su cabeza tenía exactamente la forma de un huevo y siempre la llevaba algo inclinada hacia un lado; su bigote era espeso y militar. La pulcritud de su indumentaria era casi increíble. Creo que una mota de polvo le habría causado mayor dolor que una herida de bala. Sin embargo, este hombre pequeño con aires de dandy que ahora cojeaba visiblemente, como tuve ocasión de comprobar con pena, había sido en otro tiempo uno de los miembros más famosos de la policía belga. Como detective su olfato había sido extraordinario, y le había permitido obtener grandes éxitos desenmarañando algunos de los casos más difíciles de su época.”

 

Para todos los que quieren seguir la trayectoria de Hércules Poirot, en la página oficial de Agatha Christie,  http://www.agathachristie.com  se sugiere este orden de lectura.

  • El misterioso caso de Style. 1920
  • Asesinato en el campo de golf. 1923
  • Christmas adventure (cuento).1923
  • Poirot investiga (cuentos).1924
  • Primeros casos de Poirot (cuentos).1924
  • El asesinato de Roger Ackroyd.1926
  • Los cuatro grandes.1927
  • El misterio del tren azul. 1928
  • Café solo (novelización de la obra teatral por Charles Osborne) 1997
  • Peligro inminente 1932
  • El misterio del cofre de Bagdad (cuento) 1932
  • El segundo gong (cuento) 1932
  • La muerte de Lord Edgware. 1933
  • Asesinato en el Orient Express. 1934
  • Tragedia en tres actos. 1935
  • Muerte en las nubes. 1935
  • El misterio de la guía de ferrocarriles. 1936
  • Muerte en Mesopotamia. 1936
  • Cartas sobre la mesa. 1936
  • Iris amarillos (cuento) 1937
  • Asesinato en Bardsley Mews (cuatro historias) 1937
  • El testigo mudo 1937
  • Muerte en el Nilo 1937
  • Cita con la muerte 1938
  • Navidades trágicas 1938
  • Un triste ciprés 1940
  • La muerte visita al dentista 1940
  • Maldad bajo el sol 1941
  • Cinco cerditos 1943
  • Sangre en la piscina 1946
  • Los trabajos de Hércules (cuentos) 1947
  • Pleamares de la vida 1948
  • Mrs McGinty ha muerto 1952
  • Después del funeral 1953
  • Asesinato en la calle Hickory 1955
  • El templete de Nasse House 1956
  • Un gato en el palomar 1959
  • El puddin´de Navidad (cuentos) 1960
  • Los relojes 1963
  • Tercera muchacha 1966
  • Las manzanas 1969
  • Los elefantes pueden recordar 1972
  • Telón, último caso de Poirot 1975

Si bien en general se pueden leer en cualquier orden, – y de hecho la mayoría de los lectores así las hemos leído – , es aconsejable tener en cuenta algunos detalles, Telón, debe ser la última en ser leída, y en algunos casos, por referencias que se hacen, hay que tener en cuenta lo siguiente:

  1. La muerte de Lord Edgware debe ser leída antes que Después del funeral
  2. Cinco cerditos tiene que leerse antes que Los elefantes pueden recordar
  3. Un gato en el palomar tiene que leerse antes que Las manzanas
  4. Hay que leer Mrs McGinty   antes de Las Manzanas y Los elefantes pueden recordar
  5. Asesinato en el Orient Express hay que leerlo antes que Muerte en Mesopotamia
  6. Tragedia en tres actos tiene que leerse antes de Navidades Trágicas
  7. En El testigo mudo y Cartas sobre la mesa, aluden a novelas anteriores

DETECTION CLUB


En 1929, y , en pleno aunge de lo que se llamó “La Edad Dorada”, los principales escritores de relatos detectivescos fundaron, en Londres, el Detection Club.

Dorothy Sayers, una de sus principales referentes e impulsoras, así se expresaba:

«¿Qué es eso del Detection Club?» Es una sociedad privada de autores de novelas policiales que existe en Gran Bretaña, y cuyo propósito es proporcionarles la oportunidad de cenar juntos a intervalos regulares, para conversar interminablemente acerca del oficio. Esta sociedad no tiene compromisos con ningún editor, ni tampoco, aunque exista en todos sus miembros la honrada ambición de obtener algún que otro penique a cambio del placer que al público dispensan, cuenta entre sus fines primordiales la preocupación de hacer dinero. Sus miembros se reclutan exclusivamente entre los autores de auténticas novelas policiales (y no de meros relatos de aventuras ni de «thrillers») y la elección, que se efectúa por medio del voto del club en pleno ante la recomendación de dos o más de sus socios, obliga a un juramento determinado. Si bien todas las torturas del universo no podrían inducirme a revelar dato alguno referente al solemne ritual del Detection Club, acaso me sea lícito aventurar unas pocas palabras respecto a la naturaleza del juramento exigido. Brevemente, la cosa viene a consistir en que cada autor se compromete a jugar limpio con el público y con sus colegas. Sus detectives deberán investigar por sus propios medios, sin ayuda de accidentes ni de coincidencias; no inventará rayos mortíferos ni venenos absurdos para llegar a soluciones que ningún ser normal podría esperar, y tratará de escribir en el inglés más correcto posible. Guardará una inviolable reserva sobre los argumentos y títulos futuros de sus colegas, a quienes prestará cuanta ayuda pueda cuando necesiten consejo acerca de asuntos técnicos. Si alguna finalidad seria existe en la organización confesadamente frívola del Detection Club, es la de mantener la novela policial en el más elevado nivel que su naturaleza intrínseca consienta y depurarla del funesto legado de sensacionalismo, cháchara y estilo corrompido que por desgracia la abrumó en los tiempos pasados.

Vuelve Marlowe


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Como publiqué en otra ocasión, siempre es bueno volver a encontrarnos con nuestros heroes, que aparecen cada tanto recreados por la pluma de algún escritor. Tal es el caso de  “La rubia de ojos negros”, donde  Benjamin Black ((pseudónimo de John Banville), nos relata una nueva historia con Philip Marlowe como protagonista.

Y se trata del mejor Marlowe, aquel del Largo Adíos.

La trama transcurre en una época posterior a aquella gran novela, y casi es presentada como su secuela, los fantasmas de Linda Loring y Terry Lennox permanecen en la mente del detective mientras se adentra en un caso en el que también queda atrapado afectivamente.

Cuando era joven, hará un par de milenios, creía saber lo que hacía. Era consciente del caracter caprichoso del mundo, de cómo se divierte con nuestras esperanzas y nuestros deseos; pero en lo relativo a mis propias acciones, estaba convencido de que era yo, erguido en el asiento del conductor, quien manejaba el volante con las dos manos.

Ahora se que no es así. Ahora sé que las decisiones que creemos tomar solo parecen tal en retrospectiva y que, cuando las cosas suceden, en realidad tan solo nos dejamos llevar. No me inquieta demasiado ser consciente del escaso control que tengo sobre mi vida. En general, me satisface dejarme arrastrar por la corriente, con las manos dentro del agua para pescar los bichos raros. Sin embargo, hay ocasiones en que desearía haber hecho el esfuerzo de pensar a largo plazo para calcular las consecuencias de mis actos. Me refiero a mi segunda visita al Club Cahuilla, que resultó ser drásticamente distinta a la anterior. Lo puedo decir con certeza.

Sam Spade


Sam Spade es el detective protagonista de El Halcón Maltés, creado por Dashiell Hammett y convertido junto con su colega Philip Marlowe en la figura icónica de la novela y el cine policial norteamericano.

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Maltese Falcon

Así lo presenta el autor al comienzo de su obra:

Samuel Spade tenía larga y huesuda la quijada inferior, y la barbilla era una V protuberante bajo la V más flexible de la boca. Las aletas de la nariz retrocedían en curva para formar una V más pequeña. Los ojos,horizontales, eran de un gris amarillento. El tema de la V lo recogía la abultada sobreceja que destacaba en media de un doble pliegue por encima de la nariz ganchuda, y el pelo, castaño claro, arrancaba de sienes altas y aplastadas para terminar en un pico sobre la frente. Spade tenía el simpático aspecto de un Satanás rubio.

 

Y así lo vemos al final de la novela,

 

Spade retiró la mano. La mueca desapareció como la sonrisa. Su rostro amarillento y mojado estaba helado y profundamente surcado por las arrugas. Le ardían los ojos enloquecidos.

—Escucha. Todo es completamente inútil. Nunca me entenderás, pero voy a tratar, una vez más, de que lo comprendas. Escucha. Cuando a un hombre le matan a su socio, se supone que debe actuar de alguna forma. Da lo mismo la opinión que pudiera tener de él. Era su socio, y debe hacer algo.

Añade a eso que mi profesión es la de detective. Bueno, cuando matan a un miembro de una sociedad de detectives, es mal negocio dejar que el asesino escape. Es mal negocio desde todos los puntos de vista, y no sólo para esa sociedad en particular, sino también para todos los policías y detectives del mundo. Tercero, soy detective, y suponer que voy a correr detrás de quienes quebrantan la ley y que los voy a soltar una vez agarrados, bueno, eso es como esperar que un perro que ha alcanzado un conejo lo suelte. Es algo posible de hacer, lo sé, y que se hace algunas veces, pero no es natural. La única manera de haberte dejado escapar hubiera sido dejar escapar también a Gutman, a Cairo y al chico. Y eso…

—No hablas en serio. No puedes creer que con todo lo que estás diciendo me vas a convencer de que tienen razones suficientes para mandarme a la…

—Déjame acabar, y entonces podrás hablar tú. Cuarto: prescindiendo de lo que quisiera hacer, ahora me sería completamente imposible dejarte escapar, a menos que aceptara acompañar a los otros al patíbulo. Y además, no puedo describir razón alguna para fiarme de ti; y si te dejara escapar y saliera yo con vida, siempre estarías en posesión de un arma contra mí para usarla a tu antojo. Y son cinco razones las que te he dado. La sexta es que, puesto que yo también sé de ti unas cuantas cosas, nunca estaría seguro de que no te ibas a decidir a meterme a mí una bala en el cuerpo. Séptimo, no me atrae lo más mínimo la idea de que ni remotamente pudiera ocurrir que hubieras jugado conmigo como un imbécil. Y octavo… Pero ya es bastante.

Todo ello aconseja lo mismo. Quizá algunas de las razones sean de poca importancia. No lo voy a discutir. Pero ¡fíjate cuántas son! ¿Y qué razón aconseja hacer lo contrario? Tan sólo una: que quizá me quieres, y que tal vez yo te quiera a ti.

—¿Y no sabes si me quieres o no? —dijo ella, en voz baja,

—No, no lo sé. Resulta sencillo enamorarse de ti hasta la locura —dijo Spade, mirándola con apasionada vehemencia de los pies a la cabeza—, pero no sé lo que eso puede significar. ¿Acaso lo sabe alguien cuando se enamora? Pero supón que sí, supón que te quiero, ¿qué? Quizá no te quisiera el próximo mes. Ya me ha ocurrido otras veces, y no siempre ha durado un mes… ¿Y entonces? Entonces habría hecho el primo. Y si hiciera lo que deseas y me condenaran, bueno, entonces no cabría la menor duda de que había hecho el primo. Si te entrego a la policía, lo sentiré muy de veras, tendré noches horribles…, pero pasará. Escucha. Tornó de los hombros a Brigid, la echó hacia atrás y se inclinó sobre ella.

—Si eso no te quiere decir nada, olvídalo y escucha esto: lo voy a hacer porque deseo hacerlo con todo mi ser, porque todo lo que dentro llevo me está pidiendo que lo haga, pase lo que pase, y porque, ¡maldita seas!, ya contabas tú con que yo sentiría lo que siento, como lo calculaste con todos los demás.

Retiró las manos y las dejó caer muertas a lo largo del cuerpo. Brigid le cogió la cara entre las manos y volvió a atraerla hacia sí.

—Mírame y dime la verdad —le dijo—. ¿Te hubieras comportado así si el halcón hubiese sido auténtico y hubieras recibido tu parte?

—¿Qué importa eso ahora? No estés tan segura de que tengo tan poca honradez como algunos dicen. Esa fama puede ser conveniente, pues te trae a la puerta asuntos caros y te facilita las cosas al luchar contra el enemigo. La muchacha le miró sin decir nada. Spade movió los hombros ligeramente y dijo:

—Un gran montón de dinero…, al menos eso hubiera sido algo que añadir a la balanza a favor de lo otro.Brigid alzó la cara hasta la de Spade. Tenía la boca ligeramente

entreabierta y sus labios estaban ahuecados.

—Si me quisieras, no necesitarías poner nada más en ese platillo de la balanza.

Spade apretó los dientes y dijo, hablando a través de ellos:

—No voy a hacer el primo por ti.

Brigid apretó lentamente los labios contra los de él, le rodeó con los brazos y quedó entre los de él. Y en sus brazos estaba cuando sonó el timbre de la puerta.

Con el brazo izquierdo rodeándola, Spade abrió la puerta del pasillo. Allí estaban el teniente Dundy, el detective sargento Tom Polhaus y otros dos policías de paisano.

 

P. D. James y las novelas de detectives


PDJAMES

Una de las mejores escritoras del género, fallecida recientemente, la inglesa P.D.James, así se refería, en su estudio “Talking about Detective Fiction”, a la novela de misterio:

En el libro Aspectos de la novela, E.M.Forster escribe: “El rey murió y luego murió la reina” es una historia. “El rey murió y luego la reina murió de pena” es una trama. […] “La reina murió, nadie sabía por qué, hasta que se descubrió que fue de  pena por la muerte del rey” es una trama con misterio, un enunciado que admite un desarrollo mayor.

Yo añadiría “Todo el mundo creyó que la reina había muerto de pena hasta que descubrieron la marca del pinchazo en el cuello.” Esto es un misterio sobre un asesinato, y también admite un desarrollo mayor.

Las novelas que giran en torno a un asesinato atroz y cuyos escritores se proponen explorar e interpretar el peligroso y violento submundo del crimen, sus causas, sus ramificaciones y su efecto tanto en los perpetradores como en las víctimas, pueden cubrir un espectro extraordinariamente amplio de escritura creativa que abarca las obras más excelsas de la imaginación humana….

Aunque la narrativa detectivesca también puede, en los momentos culminantes, operar en el límite peligroso de las cosas, se diferencia de la literatura en general y del grueso de las novelas de misterio en que presenta una estructura muy definida y se ajusta a unas convenciones establecidas. Lo que podemos esperar es un crimen misterioso, normalmente un asesinato, en torno al cual se centra todo; un círculo cerrado de sospechosos, todos ellos con móvil, medios y oportunidades para haberlo cometido; un detective, aficionado o profesional, que se aparece cual deidad vengadora para resolverlo; y, al final del libro, una solución a la que el lector debería poder llegar por deducción lógica a partir de las pistas introducidas en la novela mediante artificios engañosos pero sin olvidar las normas básicas del juego limpio. Esta es la definición que suelo dar cuando hablo de mi trabajo, pero, aunque no resulte del todo inexacta parece excesivamente restrictiva y más acorde con la llamada Edad Dorada de entreguerras que con la realidad actual….

Para que un libro sea descrito como narrativa detectivesca debe haber un misterio central, y un misterio que al final se resuelva de manera  lógica y satisfactoria y no por mor de la buena suerte o la intuición, sino mediante un proceso de deducción inteligente a partir de las pistas presentadas con picardía, pero sin engaños.

Una de las críticas vertidas con más frecuencia sobre la narrativa detectivesca es que ese patrón impuesto es una mera fórmula que encorseta al novelista y coarta la libertad artística esencial para el proceso creativo, y que los matices de los personajes, el realismo del contexto e incluso la verosimilitud se sacrifican en favor del predominio de la estructura y la trama. Pero lo que a mí me resulta fascinante es la extraordinaria variedad de libros y escritores a los que esta fórmula ha sido capaz de adaptarse, y los innumerables autores que han hallado en las limitaciones y las convenciones de la narrativa detectivesca un medio liberador, y no constrictivo, de su imaginación creativa. Afirmar que uno no puede escribir una buena novela ciñéndose a la disciplina de una estructura formal resulta tan necio como decir que un soneto no puede ser buena poesía porque debe tener catorce versos – dos cuartetos y dos tercetos – y ajustarse a una estricta secuencia métrica. Además las novelas policiales no son las únicas que se ajustan a unas convenciones y una estructura establecidas…

¿Y por qué un asesinato? El misterio central de una historia de detectives no supone necesariamente que haya una muerte violenta, pero el asesinato sigue siendo el crimen por excelencia y provoca una repugnancia, una fascinación y un miedo atávicos. Es probable que un lector esté más interesado en descubrir cuál de los herederos de la tía Ellie puso arsénico en el chocolate que tomaba antes de acostarse que en saber quién le robó el collar de diamantes mientras disfrutaba de unas apacibles vacaciones en Bournemouth…”

Triste, Solitario y Final


Es muy frecuente que los escritores les rindan homenaje a sus héroes. Así lo hizo el gran escritor y periodista argentino Osvaldo Soriano, en su primer novela, Triste Solitario y Final, que tiene como principales protagonistas, además del propio autor, a Philip Marlowe y a Stan Laurel.

triste...

El título está tomado de la siguiente frase de El Largo Adiós, de Raymond Chandler,  y refleja su mismo tono melancólico y desesperanzado.

Hasta la vista, amigo. No le digo adiós. Se lo dije cuando tenía algún significado. Se lo dije cuando era triste, solitario y final.

                                             Philip Marlowe en El largo adiós

Así relata Soriano la génesis de su obra en un reportaje publicado en 1983

Escribí Triste, solitario y final después de muchas dudas y vacilaciones. Quizá nunca lo hubiera terminado si Jorge Di Paola, que lo iba leyendo a medida que yo lo escribía y sabe más que yo sobre ese libro, no me hubiera alentado y convencido de que valía la pena. Después, Marcelo Pichon Rivière lo hizo publicar en Corregidor. En ese tiempo yo tenía la obsesión de Laurel y Hardy, esos cómicos que me habían divertido tanto durante mi infancia y que habían terminado en la miseria, olvidados por la industria del cine. Por otra parte, había leído a Chandler y estaba enamorado, como todo el mundo, del personaje duro y romántico de Philip Marlowe. Quería escribir algo sobre Laurel y Hardy, pero no sabía por dónde agarrarlos, cómo entrar en la historia. No se me ocurría que tuvieran algo que ver con Marlowe. Yo tuve gatos toda mi vida, son mis hermanos, me siguen por la calle, nos comunicamos muy fácilmente, quizá porque como ellos yo vivo de noche y como ellos soy muy vago… En ese tiempo vivía en un dos ambientes en la calle Mario Bravo,  solo, no tenía gato por primera vez en mi vida, y estaba muy deprimido porque no le encontraba la vuelta al tema de laurel y Hardy. Una noche estaba tirado en la cama a las tres de la mañana, en pleno verano, sintiéndome un pobre infeliz, cuando oigo en la cocina un ruido de cacerolas que se caían al suelo. Me levanto, voy a ver, despacito, y me encuentro con un enorme gato negro que había entrado por la ventana abierta y estaba parado entre las ollas. Yo sólo tenía prendida la luz del velador así que estábamos en la penumbra de la cocina y el gato me miraba fijo. Le hablé, me acerqué un poco y él saltó a la ventana, desde donde se quedó mirándome un rato, como diciendo: ‘¿Qué hacés, boludo, no te das cuenta de que la cosa es evidente?’ Una vez que me avivé de que era el gato negro (o la gata negra, más bien) de Chandler, que venía a decirme que el único capaz de investigar la historia de Laurel y Hardy era un detective profesional como Philip Marlowe, dio un salto y se fue. Ahí nomás saqué la máquina y empecé a escribir el encuentro de Soriano y Marlowe en el cementerio de Forest Lawn. Y no paré hasta que terminé la novela”

Para finalizar transcribimos un párrafo de Triste, Solitario y Final, cuya lectura recomendamos fervorosamente:

El viejo Stan Laurel bajó del taxi. Miró el arrugado papel que guardaba en un bolsillo y comprobó el número del edificio. El tránsito era intenso como todas las mañanas en el Hollywood Boulevard. Se detuvo un instante en la vereda. El edificio que tenía frente a él no era nuevo, ni siquiera estaba muy cuidado: el gris de la fachada mostraba la suciedad de los años. Antes de tomar el ascensor se quitó el sombrero. Nadie prestó atención a su cara muy blanca y arrugada. Al llegar al sexto piso se había quedado solo. Salió a un pasillo mohoso, iluminado por un par de lámparas fluorescentes. Caminó unos pasos y se detuvo frente a una puerta de madera deteriorada que tenía un vidrio esmerilado. En él se leía: “Philip Marlowe, detective privado”, y más abajo: “Entre sin llamar.”

Entró sin hacer ruido. Se había vuelto cauteloso y no supo por qué. Ante él había una pequeña sala de espera con dos sillones y una mesa muy baja sobre la que estaban tiradas algunas revistas viejas. Se sentó. Dejó el sombrero sobre la mesa y tomó una de las revistas, pero sus ojos miraban la habitación. Las paredes estaban absolutamente despojadas y no habían sido limpiadas en los últimos años, aunque alguien se encargara de pasar, de vez en cuando, un plumero que nunca había alcanzado el techo. Stan fijó sus ojos en la puerta entreabierta que tenía frente a él. Inclinó el cuerpo, pero no alcanzó a ver el interior de la oficina. Alguien abrió la puerta por completo.

—Pase, señor Laurel.

Marlowe era un hombre de unos cincuenta años, un metro ochenta de alto, cabello castaño oscuro, aunque las canas lo habían blanqueado demasiado. Sus ojos, también castaños, tenían una mirada dura pero melancólica. Vestía un traje gris claro al que hacía falta planchar.

Stan, pequeño y desgarbado, entró en la oficina. La habitación estaba iluminada por el sol que entraba a través del ventanal. Marlowe se acomodó en su sillón, tras el escritorio viejo y oscurecido por el polvo y el hollín”

The man in the brown suit


A comienzos de los años 20, Agatha Christie escribió The Man in the Brown suit.

el hombre....

No es esencialmente una novela de misterio, sino más bien un relato de aventuras, con robos de diamantes y bandas criminales, donde la autora vuelca además las experiencias vividas en un viaje a Sudáfrica.

Además de la introducción, relatada por un narrador omnisciente, la novela alterna el relato en primera persona de dos de sus protagonistas. Sin ser una de sus obras más importantes, es un relato ameno y con toques de buen humor, también se hallan personajes muy bien logrados, como por ejemplo Sir Eustace Pedler, uno de los narradores.

Transcribimos aquí un fragmento:

“Ganas me dan de abandonar mis «Reminiscencias». En su lugar escribiré un artículo corto titulado: «Secretarios que he tenido». En cuanto a secretarios se refiere, parece pesar sobre mí una maldición. Tan pronto no tengo secretario alguno como me sobran secretarios. En el momento actual me hallo en camino de Rhodesia acompañado de una cuadrilla de mujeres. Race se larga con las dos más bonitas, claro está y me deja un saldo. Eso es lo que siempre me ocurre a mí, y después de todo, éste es mi coche particular, no el de Race. Además, Anita Beddingfeld me acompaña a Rhodesia bajo pretexto de ser mi secretaria interina. Pero durante toda esta tarde ha estado en la plataforma del coche con Race, alabando la belleza del Desfiladero del río Hex. Cierto es que le dije que su principal obligación sería tenerme cogida la mano. Ni siquiera está haciendo eso, sin embargo. Quizá le tenga miedo a la señorita Pettigrew. No me extrañaría que así fuese. La señorita Pettigrew no tiene nada de atractiva, es una mujer repulsiva, de pies enormes, más parecida a un hombre que a una mujer. Hay algo muy misterioso en Ana Beddingfeld. Subió al tren en el último instante, jadeando a más no poder, como si hubiera estado tomando parte en una carrera. Y, sin embargo, ¡Pagett me dijo anoche que la había visto marchar en el tren de Durban! O Pagett ha estado bebiendo otra vez, o la muchacha tiene un cuerpo astral. ¡No lo comprendo! Y nunca da explicaciones. Nadie da explicaciones nunca. Sí. «Secretarios que he tenido»: Número 1, un asesino fugitivo. Número 2, un borracho vergonzante que se dedica a intrigas poco recomendables en Italia. Número 3, una niña muy hermosa que posee la útil facultad de hallarse en dos lugares distintos al mismo tiempo. Número 4, la señorita Pettigrew, que, con toda seguridad, es un criminal peligroso disfrazado. Probablemente se trata de uno de los amigos italianos de Pagett que éste ha logrado colgarme al cuello. Nada me extrañaría que el mundo descubriera, el día menos pensado, que me había dejado engañar como un chino por Pagett. Bien mirado, creo que Rayburn fue el mejor de todos. Nunca me molestó ni se cruzó en mi camino. Guy Pagett ha tenido la impertinencia de hacer meter aquí el baúl de los papeles. Ninguno de nosotros puede andar sin tropezar con él y darse un batacazo”.