Muerte de un forense, de P.D.James


“Y entonces oyó el ruido, tan suave como una única pisada, leve como el roce de una manga sobre madera. Venía a por ella. Estaba ahí. Y ya sólo hubo pánico. Sollozando, se lanzó contra las paredes de lado a lado, golpeando con las magulladas palmas sobre el rasposo y duro ladrillo. De pronto se abrió un espacio. Cayópor él, resbaló y la linterna escapó de sus manos. Gimiendo, se acurrucó en el suelo y esperó la muerte.”

En Muerte de un Forense P.D.James nos vuelve a introducir en la investigación de un asesinato. Como es característico en sus obras, nos muestra a los personajes – tanto víctimas como victimarios, con profundidad, con un gran sentido de humanidad y hasta de piedad. Podemos ver sus sentimientos, motivaciones, rencores y miedos. La descripción del entorno y del ambiente también contribuye a crear una atmósfera opresiva. El crimen es siempre una tragedia, y ante ella nadie – ni aún los investigadores – , queda indemne.

“Pensó en los neumáticos pinchados. ¿Podía ser que aquello se debiera a un simple accidente? Al dejar la bicicleta, por la mañana, los neumáticos estaban en buenas condiciones. Quizá, después de todo, no había vidrios rotos en la carretera. Quizás alguien los había pinchado deliberadamente, alguien que sabía que saldría tarde del laboratorio, que no quedaría nadie para acompañarla en coche, que forzosamente se vería en la necesidad de cruzar por el laboratorio en obras. Lo imaginó en la penumbra del crepúsculo, escabullándose sigilosamente por el cobertizo de las bicicletas con el cuchillo en la mano, agazapándose junto a las ruedas, calculando el tajo que debía dar para que los neumáticos se desinflaran antes de que ella hubiera llegado demasiado lejos en su recorrido. Y en aquellos momentos estaba esperándola en algún rincón de las tinieblas, de nuevo con el cuchillo en la mano. Lo vio sonreír y probar el filo, escuchando sus movimientos, esperando ver la luz de su linterna. Naturalmente, él también tendría una linterna. Y pronto centellearía sobre su rostro, deslumbrándola e impidiéndole ver la cruel y triunfante boca, el refulgente cuchillo. Instintivamente apagó la luz y escuchó, mientras su corazón latía con tal torrente de sangre que le pareció que hasta los muros de ladrillo debían estremecerse”.

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El Faro, de P.D.James


“En algún lugar, hasta ahora sólo imaginado, un cadáver la esperaba tendido en la fría abstracción de la muerte. Un grupo de personas esperaba que llegara la policía, algunas de ellas apenadas, la mayoría aprensivas, una compartiendo sin duda su propia mezcla embriagadora de excitación y resolución”. 

 

 

En esta excelente novela de P.D.James, magníficamente ambientada en una isla castigada por el viento, la niebla y el mar, la investigación policial se centra en torno a la muerte de un conocido escritor. Su facil lectura, la descripción del paisaje y de los edificios como parte esencial de la narración, y la humanidad con que estan retratados los personajes, hacen de ésta, una lectura ineludible. A continuacion dos fragmentos..

“A veces, al despertar se encontraba en el suelo, pero esta noche tenía las sábanas medio enredadas en el cuerpo. En alguna ocasión, el grito dado al despertar alarmó a Miranda y ella apareció, práctica como siempre, tranquilizadora, preguntándole si todo iba bien, si necesitaba algo, si quería que preparara una taza de té para los dos. El contestó: «Es sólo un mal sueño, sólo un mal sueño. Ve a la cama.» Pero sabía que esta noche no vendría. Nadie vendría. Se quedó tendido, mirando fijamente la raya de luz que le alejaba del horror; luego, muy despacio, se levantó de la cama, fue tambaleándose hasta la ventana y abrió de par en par los postigos al amplio panorama de las estrellas y el mar luminoso.

Se sintió inconmensurablemente pequeño, como si su mente y su cuerpo se hubieran encogido y él estuviera solo en un globo giratorio, contemplando la inmensidad. Allí estaban las estrellas, moviéndose de acuerdo con las leyes del mundo físico, pero su brillo estaba únicamente en su mente, una mente que empezaba a fallarle, y unos ojos que ya no conseguían ver con claridad. Sólo tenía sesenta y ocho años pero lenta, inexorablemente, su luz se extinguía. Se sintió intensamente solo, como si no existiese ningún otro ser vivo. Nada podía ayudarlo, ni en ningún lugar de la Tierra ni en aquellos mundos muertos que giraban en el cielo con su brillo ilusorio. Nadie lo oiría si se abandonaba a un impulso casi irresistible y gritaba en voz alta a la noche insensible: «¡No te lleves mis palabras! ¡Devuélveme mis palabras!»”

 

“Y entonces, tan misteriosamente como había bajado, la niebla empezó a levantar. Frágiles y sutiles velos pasaron ante el faro, se juntaron y se disolvieron. Gradualmente formas y colores empezaron a revelarse, y lo misterioso e intangible se convirtió en familiar y real. Y entonces lo vio. Su corazón dio un vuelco y empezó a golpear su pecho con una fuerza que le hizo estremecerse. Debió de gritar, pero no oyó otro sonido que el graznido de una gaviota solitaria. Y poco a poco el horror se fue revelando, primero detrás de un delgado velo de niebla y luego con una claridad absoluta. Los colores reaparecieron, pero con una intensidad mayor de lo que recordaba: las paredes resplandecientes, el fanal rojo en lo alto rodeado por una barandilla blanca, la extensión azul del mar, el cielo tan claro como en un día de verano.

Y en lo alto, recortado contra la blancura del faro, un cuerpo colgado: el rojo y el azul trenzados de la soga que ascendía hasta la barandilla, el cuello manchado y estirado como el pescuezo de un pavo, la cabeza grotescamente grande caída hacia un lado, las manos con las palmas hacia fuera, como en una parodia de bendición. El cuerpo llevaba zapatos, pero en un segundo de desorientación le pareció ver los pies colgar uno al lado del otro en una desnudez patética.

Le pareció que pasaban los minutos, pero sabía que el tiempo se había detenido. Y entonces oyó un gemido agudo y continuo. Miró a su derecha, y vio a Jago y a Millie. La muchacha miraba hacia arriba, a Oliver, y su llanto era tan continuo que apenas podía respirar.

Y entonces, dando la vuelta a la pared del faro, apareció el grupo de búsqueda. No pudo distinguir ninguna palabra, pero el aire pareció vibrar con una confusa mezcla de gemidos, gritos ahogados, exclamaciones, quejidos y lloriqueos, un sordo lamento colectivo realzado por el llanto de Millie y la súbita algarabía de las gaviotas.”

Cierta clase de justicia, de P. D. James


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“Por lo general, los asesinos no advierten a sus víctimas. En este caso, la muerte, por terrible que sea el último segundo de espantosa comprensión, llega piadosamente aliviada por cierto terror anticipatorio. Cuando la tarde del miércoles 11 de septiembre Venetia Aldridge se levantó para interrogar al principal testigo de cargo en el caso Regina v. Ashe le quedaban cuatro semanas, cuatro horas y cincuenta minutos de vida. Después de su muerte, los muchos que la habían admirado y los pocos que la habían querido se encontraron murmurando – en busca de una respuesta más personal que el habitual compendio de adjetivos motivados por el horror y la ira – que a Venetia le hubiera gustado que su último caso de asesinato fuera juzgado en el Old Bailey, escenario de sus más grandes triunfos, y en su corte favorita. Pero había cierta verdad en la futilidad.

Así comienza Cierta clase de justicia (su título original es A certain Justice) otra muy buena novela que P.D.James publicó en 1997

En palabras de su autora,

“Cierta clase de justicia es una de las novelas que más he disfrutado escribir, mayormente debido a mi fascinación por las leyes penales y a la diversión y el interés que sentí mientras investigaba para el libro. Todo comenzó, como suele suceder con casi todas mis novelas, con el escenario……Al dar un paseo luego del oficio por The Temple y por la Midle Temple Lane me llamó la atención el contraste entre la paz, las tradiciones, la historia y la belleza disciplinada de esta excepcional zona de Londres y los atroces sucesos con los que lidian a diario los abogados penalistas en tribunales como los de Old Bailey. Pensé que sería emocionante poner un asesinato, el máximo crimen, en el corazón de este bastión de la ley y el orden, con una abogada penalista asesinada en su propio despacho. De golpe, como ocurrió con todas mis otras novelas policiales, a esta inspiración inicial llegó la alentadora certeza de que escribiría otro libro”

A continuación un fragmento:

“ Naughton abrió la puerta de roble e introdujo la llave en la puerta interna. Inmediatamente supo que algo andaba mal. Había un olor en el despacho, extraño y débil, pero a la vez horriblemente familiar. Apoyó la mano en el interruptor y encendió la luz.

Lo que vieron sus ojos era tan bizarro en su horror que durante medio minuto quedó paralizado, sin poder creerlo: su mente rechazaba lo que sus ojos veían claramente. No era cierto. No podía ser cierto. Durante esos segundos de incredulidad desorientada ni siquiera fue capaz de sentir terror. Pero después supo que era cierto. Su corazón volvió a la vida y comenzó a latir con fuerza, sacudiéndole el cuerpo. Escuchó un quejido bajo, incoherente y se dio cuenta de que ese sonido extraño y desencarnado era su propia voz.

Empezó a retroceder lentamente, como arrastrado por el tirón inexorable de un hilo. La Señorita Aldridge estaba sentada detrás de su escritorio, apoyada contra el respaldo de la silla giratoria. El escritorio estaba a la izquierda de la puerta, frente a las dos ventanas altas. Tenía la cabeza caída sobre el pecho y sus brazos colgaban flojos sobre los brazos curvos de la silla. No podía verle la cara, pero sabía que estaba muerta.

Tenía una peluca larga de juez sobre la cabeza, los rígidos bucles de crin de caballo eran una maza de sangre roja y parduzca. Se acercó a ella y apoyo el dorso de la mano derecha contra su mejilla. Estaba helada. Más fría que la muerte. Aunque suave, su gesto hizo que una gota de sangre se desprendiera de la peluca. Horrorizado, la observó deslizarse como un torrente lento por la mejilla muerta hasta quedar temblando en la punta del mentón. ¡Oh Dios, pensó, está fría, está mortalmente helada, pero la sangre sigue corriendo! Aferró instintivamente la silla para sostenerse, y, para su horror, la silla giró lentamente y el cadáver quedó de cara a la puerta, con los pies doblados sobre la alfombra. Naughton tragó saliva y retrocedió, mirando aterrado su propia mano como si esperara encontrarla pegajosa de sangre. Se inclinó hacia adelante y, agachándose, trató de verle la cara. Tenía la frente, las mejillas y un ojo cubiertos de sangre congelada. El ojo derecho estaba limpio. Su mirada muerta, fija en alguna lejana enormidad, parecía expresar una terrible malicia.

Retrocedió lentamente, magnetizado. De algún modo se las ingenió para salir. Con manos temblorosas cerró con llave las dos puertas, con lentitud y extremo cuidado, como si temiera que un movimiento torpe pudiera despertar a la horrible cosa que yacía adentro. Guardó la llave en el bolsillo y caminó en dirección a la escalera. Sentía mucho frío y no estaba seguro de que sus piernas pudieran sostenerlo, pero logró llegar abajo. Por lo menos tenía la mente despejada, milagrosamente despejada. Cuando levantó el tubo del teléfono ya sabía lo que debía hacer…”

 

 

P. D. James y las novelas de detectives


PDJAMES

Una de las mejores escritoras del género, fallecida recientemente, la inglesa P.D.James, así se refería, en su estudio “Talking about Detective Fiction”, a la novela de misterio:

En el libro Aspectos de la novela, E.M.Forster escribe: “El rey murió y luego murió la reina” es una historia. “El rey murió y luego la reina murió de pena” es una trama. […] “La reina murió, nadie sabía por qué, hasta que se descubrió que fue de  pena por la muerte del rey” es una trama con misterio, un enunciado que admite un desarrollo mayor.

Yo añadiría “Todo el mundo creyó que la reina había muerto de pena hasta que descubrieron la marca del pinchazo en el cuello.” Esto es un misterio sobre un asesinato, y también admite un desarrollo mayor.

Las novelas que giran en torno a un asesinato atroz y cuyos escritores se proponen explorar e interpretar el peligroso y violento submundo del crimen, sus causas, sus ramificaciones y su efecto tanto en los perpetradores como en las víctimas, pueden cubrir un espectro extraordinariamente amplio de escritura creativa que abarca las obras más excelsas de la imaginación humana….

Aunque la narrativa detectivesca también puede, en los momentos culminantes, operar en el límite peligroso de las cosas, se diferencia de la literatura en general y del grueso de las novelas de misterio en que presenta una estructura muy definida y se ajusta a unas convenciones establecidas. Lo que podemos esperar es un crimen misterioso, normalmente un asesinato, en torno al cual se centra todo; un círculo cerrado de sospechosos, todos ellos con móvil, medios y oportunidades para haberlo cometido; un detective, aficionado o profesional, que se aparece cual deidad vengadora para resolverlo; y, al final del libro, una solución a la que el lector debería poder llegar por deducción lógica a partir de las pistas introducidas en la novela mediante artificios engañosos pero sin olvidar las normas básicas del juego limpio. Esta es la definición que suelo dar cuando hablo de mi trabajo, pero, aunque no resulte del todo inexacta parece excesivamente restrictiva y más acorde con la llamada Edad Dorada de entreguerras que con la realidad actual….

Para que un libro sea descrito como narrativa detectivesca debe haber un misterio central, y un misterio que al final se resuelva de manera  lógica y satisfactoria y no por mor de la buena suerte o la intuición, sino mediante un proceso de deducción inteligente a partir de las pistas presentadas con picardía, pero sin engaños.

Una de las críticas vertidas con más frecuencia sobre la narrativa detectivesca es que ese patrón impuesto es una mera fórmula que encorseta al novelista y coarta la libertad artística esencial para el proceso creativo, y que los matices de los personajes, el realismo del contexto e incluso la verosimilitud se sacrifican en favor del predominio de la estructura y la trama. Pero lo que a mí me resulta fascinante es la extraordinaria variedad de libros y escritores a los que esta fórmula ha sido capaz de adaptarse, y los innumerables autores que han hallado en las limitaciones y las convenciones de la narrativa detectivesca un medio liberador, y no constrictivo, de su imaginación creativa. Afirmar que uno no puede escribir una buena novela ciñéndose a la disciplina de una estructura formal resulta tan necio como decir que un soneto no puede ser buena poesía porque debe tener catorce versos – dos cuartetos y dos tercetos – y ajustarse a una estricta secuencia métrica. Además las novelas policiales no son las únicas que se ajustan a unas convenciones y una estructura establecidas…

¿Y por qué un asesinato? El misterio central de una historia de detectives no supone necesariamente que haya una muerte violenta, pero el asesinato sigue siendo el crimen por excelencia y provoca una repugnancia, una fascinación y un miedo atávicos. Es probable que un lector esté más interesado en descubrir cuál de los herederos de la tía Ellie puso arsénico en el chocolate que tomaba antes de acostarse que en saber quién le robó el collar de diamantes mientras disfrutaba de unas apacibles vacaciones en Bournemouth…”