Double Indemnity


“Yes, I killed him. I killed him for money – and a woman – and I didn’t get the money and I didn’t get the woman. Pretty, isn’t it?”

Estas palabras pronunciadas por el protagonista casi al inicio de la película dan comienzo a un extenso flash back, que dura casi todo el film, donde se cuenta la historia de un crimen, y de unos criminales, historia cuyo final ya se nos anticipa….

Con guión de Raymond Chandler, y basado en una novela de James M. Cain, Billy Willder, en uno de sus primeras incursiones como director, nos presenta este gran film de 1944, que contiene muchos elementos de lo que, por aquella época, los franceses comenzaron a llamar el “Film Noir”.

Ambientado con la inquietante banda sonora de Miklos Rosza y la fotografía en blanco y negro de John Seitz, vemos a un agente de seguros – interpretado por Fred MacMurray llevado al crimen por una hermosa y despiadada mujer -inigualable Barbara Stanwyck como arquetipo de “mujer fatal” y un excelente Edward G. Robinson, como visagra de esta historia de ambición, amor, odio, crimen y amistad.

En su biografía de Billy Wilder, “Nadie es Perfecto”, el periodista Hellmuth Karasek, afirma:

“ La película de Wilder en este género [el negro]  es un acto pionero y una obra maestra. Y su película introduce algo radicalmente nuevo: los delincuentes de su película no son criminales profesionales, no pertenecen a la mafia ni a una banda, son personas normales, de clase media, arrastradas por la ambición y la pasión sexual.

Igualmente radical es el hecho de que sea el mejor amigo quien descubra el delito, más bien con tristeza y contra su voluntad, y en modo alguno como un triunfo de la justicia. Así que el espectador se pone de parte de los asesinos y teme a la justicia, solidarizándose con los protagonistas..”

El prestigioso periodista y crítico de cine uruguayo, Homero Alsina Thevenet al momento de su estreno, afirmó, en la revista Marcha * del 2/3/45 lo siguiente:

“La TESIS MORAL es la de que el crimen “no paga”; la tesis intelectual es la de que el crimen puede ser un buen negocio si ese crimen es perfecto. La naturaleza humana (la ausencia de perfección en la inteligencia humana, la ausencia de un total dominio de la inteligencia sobre toda otra función humana) se inclina a ratificar la primera tesis. Como queda magistralmente expuesto en Crimen y Castigo, importa algo más que la perfección intrínseca del crimen, importa la perfección en la conducta del criminal porque de la serenidad mantenida, de la fingida indiferencia con que debe enunciar sus compuestas coartadas, depende el evitar que caiga sobre él una primera sospecha que le será luego fatal. Esas coartadas no son perfectas si, como en el caso, son dos los criminales y no existe un absoluto y riguroso entendimiento entre ellos.

Esta película no es policial en el sentido que el término pueda explicar de búsqueda de un anónimo culpable. Desde un principio sabemos su identidad, sabemos el origen y la realización de un crimen. La película es psicológica, inteligente, (es decir, original); se dirige con más rectitud a estudiar la evolución de sus personajes (afectados por la confianza en su inteligencia al tiempo que por el temor de sus errores) que a desentrañar ocultos factores de su trama. Tal contextura de film exige un rigor lógico, una observancia del detalle, un diálogo ceñido, una colaboración perfecta de cámara y de música y de intérpretes. Por poseer tales virtudes, por lograr, sobre todo, una unidad completa de ellas, por ratificar en su director Billy Wilder a una de las personalidades más netamente inteligentes de las que Hollywood nos ha mostrado como tales (Orson Welles, John Huston), la aplaudimos y recomendamos…”

*En Homero Alsina Thevenet, Obras Incompletas tomo 1

 

Ficha Técnica:

 

Título original: Double Indemnity (También  se estrenó en varios países con el nombre de Perdición, y,  Pacto de Sangre)

Año: 1944

Duración 106 min.

País: Estados Unidos

Director: Billy Wilder

Guión :Raymond Chandler, Billy Wilder (Novela: James M. Cain)

Música: Miklós Rózsa

Fotografía: John F. Seitz (B&W)

Reparto: Fred MacMurray, Barbara Stanwyck, Edward G. Robinson, Tom Powers, Porter Hall, Jean Heather, Byron Barr, Richard Gaines, Fortunio Bonanova, John Philliber, Bess Flowers, Miriam Franklin

Productora:  Paramount Pictures

 

 

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Vuelve Marlowe


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Como publiqué en otra ocasión, siempre es bueno volver a encontrarnos con nuestros heroes, que aparecen cada tanto recreados por la pluma de algún escritor. Tal es el caso de  “La rubia de ojos negros”, donde  Benjamin Black ((pseudónimo de John Banville), nos relata una nueva historia con Philip Marlowe como protagonista.

Y se trata del mejor Marlowe, aquel del Largo Adíos.

La trama transcurre en una época posterior a aquella gran novela, y casi es presentada como su secuela, los fantasmas de Linda Loring y Terry Lennox permanecen en la mente del detective mientras se adentra en un caso en el que también queda atrapado afectivamente.

Cuando era joven, hará un par de milenios, creía saber lo que hacía. Era consciente del caracter caprichoso del mundo, de cómo se divierte con nuestras esperanzas y nuestros deseos; pero en lo relativo a mis propias acciones, estaba convencido de que era yo, erguido en el asiento del conductor, quien manejaba el volante con las dos manos.

Ahora se que no es así. Ahora sé que las decisiones que creemos tomar solo parecen tal en retrospectiva y que, cuando las cosas suceden, en realidad tan solo nos dejamos llevar. No me inquieta demasiado ser consciente del escaso control que tengo sobre mi vida. En general, me satisface dejarme arrastrar por la corriente, con las manos dentro del agua para pescar los bichos raros. Sin embargo, hay ocasiones en que desearía haber hecho el esfuerzo de pensar a largo plazo para calcular las consecuencias de mis actos. Me refiero a mi segunda visita al Club Cahuilla, que resultó ser drásticamente distinta a la anterior. Lo puedo decir con certeza.

Triste, Solitario y Final


Es muy frecuente que los escritores les rindan homenaje a sus héroes. Así lo hizo el gran escritor y periodista argentino Osvaldo Soriano, en su primer novela, Triste Solitario y Final, que tiene como principales protagonistas, además del propio autor, a Philip Marlowe y a Stan Laurel.

triste...

El título está tomado de la siguiente frase de El Largo Adiós, de Raymond Chandler,  y refleja su mismo tono melancólico y desesperanzado.

Hasta la vista, amigo. No le digo adiós. Se lo dije cuando tenía algún significado. Se lo dije cuando era triste, solitario y final.

                                             Philip Marlowe en El largo adiós

Así relata Soriano la génesis de su obra en un reportaje publicado en 1983

Escribí Triste, solitario y final después de muchas dudas y vacilaciones. Quizá nunca lo hubiera terminado si Jorge Di Paola, que lo iba leyendo a medida que yo lo escribía y sabe más que yo sobre ese libro, no me hubiera alentado y convencido de que valía la pena. Después, Marcelo Pichon Rivière lo hizo publicar en Corregidor. En ese tiempo yo tenía la obsesión de Laurel y Hardy, esos cómicos que me habían divertido tanto durante mi infancia y que habían terminado en la miseria, olvidados por la industria del cine. Por otra parte, había leído a Chandler y estaba enamorado, como todo el mundo, del personaje duro y romántico de Philip Marlowe. Quería escribir algo sobre Laurel y Hardy, pero no sabía por dónde agarrarlos, cómo entrar en la historia. No se me ocurría que tuvieran algo que ver con Marlowe. Yo tuve gatos toda mi vida, son mis hermanos, me siguen por la calle, nos comunicamos muy fácilmente, quizá porque como ellos yo vivo de noche y como ellos soy muy vago… En ese tiempo vivía en un dos ambientes en la calle Mario Bravo,  solo, no tenía gato por primera vez en mi vida, y estaba muy deprimido porque no le encontraba la vuelta al tema de laurel y Hardy. Una noche estaba tirado en la cama a las tres de la mañana, en pleno verano, sintiéndome un pobre infeliz, cuando oigo en la cocina un ruido de cacerolas que se caían al suelo. Me levanto, voy a ver, despacito, y me encuentro con un enorme gato negro que había entrado por la ventana abierta y estaba parado entre las ollas. Yo sólo tenía prendida la luz del velador así que estábamos en la penumbra de la cocina y el gato me miraba fijo. Le hablé, me acerqué un poco y él saltó a la ventana, desde donde se quedó mirándome un rato, como diciendo: ‘¿Qué hacés, boludo, no te das cuenta de que la cosa es evidente?’ Una vez que me avivé de que era el gato negro (o la gata negra, más bien) de Chandler, que venía a decirme que el único capaz de investigar la historia de Laurel y Hardy era un detective profesional como Philip Marlowe, dio un salto y se fue. Ahí nomás saqué la máquina y empecé a escribir el encuentro de Soriano y Marlowe en el cementerio de Forest Lawn. Y no paré hasta que terminé la novela”

Para finalizar transcribimos un párrafo de Triste, Solitario y Final, cuya lectura recomendamos fervorosamente:

El viejo Stan Laurel bajó del taxi. Miró el arrugado papel que guardaba en un bolsillo y comprobó el número del edificio. El tránsito era intenso como todas las mañanas en el Hollywood Boulevard. Se detuvo un instante en la vereda. El edificio que tenía frente a él no era nuevo, ni siquiera estaba muy cuidado: el gris de la fachada mostraba la suciedad de los años. Antes de tomar el ascensor se quitó el sombrero. Nadie prestó atención a su cara muy blanca y arrugada. Al llegar al sexto piso se había quedado solo. Salió a un pasillo mohoso, iluminado por un par de lámparas fluorescentes. Caminó unos pasos y se detuvo frente a una puerta de madera deteriorada que tenía un vidrio esmerilado. En él se leía: “Philip Marlowe, detective privado”, y más abajo: “Entre sin llamar.”

Entró sin hacer ruido. Se había vuelto cauteloso y no supo por qué. Ante él había una pequeña sala de espera con dos sillones y una mesa muy baja sobre la que estaban tiradas algunas revistas viejas. Se sentó. Dejó el sombrero sobre la mesa y tomó una de las revistas, pero sus ojos miraban la habitación. Las paredes estaban absolutamente despojadas y no habían sido limpiadas en los últimos años, aunque alguien se encargara de pasar, de vez en cuando, un plumero que nunca había alcanzado el techo. Stan fijó sus ojos en la puerta entreabierta que tenía frente a él. Inclinó el cuerpo, pero no alcanzó a ver el interior de la oficina. Alguien abrió la puerta por completo.

—Pase, señor Laurel.

Marlowe era un hombre de unos cincuenta años, un metro ochenta de alto, cabello castaño oscuro, aunque las canas lo habían blanqueado demasiado. Sus ojos, también castaños, tenían una mirada dura pero melancólica. Vestía un traje gris claro al que hacía falta planchar.

Stan, pequeño y desgarbado, entró en la oficina. La habitación estaba iluminada por el sol que entraba a través del ventanal. Marlowe se acomodó en su sillón, tras el escritorio viejo y oscurecido por el polvo y el hollín”