La herida íntima, de Nicholas Blake


 

“Ya es tiempo de que cuente esta historia. No sé si alguna vez podré publicarla, no por miedo de herir a los interesados – los que más podrían sufrir ya han muerto -, sino porque es una especie de confesión, y no me gusta este tipo de literatura.

Cuando recuerdo aquel maravilloso verano de 1939 en el oeste de Irlanda, hace casi treinta años, siempre es la misma imagen las que, casi contra mi voluntad, ocupa el primer plano en mi mente: me veo tendido en una cama, empapado en nuestro sudor; ella de pie junto a la ventana abierta para refrescarse a la luz de la luna. Otra vez veo su cuerpo escultural, de curvas convencionales, casi anticuadas, hombros algo caídos, piernas más bien cortas, el inquietante contorno de la columna vertebral semioculto por el pelo cobrizo, que ahora parece negro. Debajo de la ventana, la fucsia debe parecer una serie de gotas de sangre oscura. Más allá, el río sueña y habla en voz alta. Ella está desnuda.

Como no he podido desechar su recuerdo, como en cierto modo me pidió tan poco mientras vivió, como merece un modesto altar a su memoria (y sin mí, ¿quién la recordaría?), sí: por simple gratitud debo relatar lo ocurrido, que para mí comenzó como un idilio, siguió como una farsa y terminó en tragedia.

No parece un argumento de Eyre, dirán mis fieles lectores. Demasiado romántico para este tipo de novelista: y quizás tengan razón.

Pero es mi historia, y ojalá nunca hubiese sucedido: lo digo de todo corazón”

 

Con estas palabras comienza LA HERIDA ÍNTIMA, una muy buena novela de Nicholas Blake.

Ambientada en un pueblito de Irlanda, donde todos se conocen, y donde afloran los recuerdos – y las heridas – de la guerra pasada, mezclados con las especulaciones sobre una guerra inminente, está narrada en primera persona, y desde el principio, con un dramatismo creciente, el autor nos introduce en un triángulo amoroso que se transforma en escándalo, y luego deriva en un sangriento crimen.

“Es un misterio clásico, y la identidad del asesino se mantiene cuidadosamente oculta; pero es algo más: un estudio de tres personajes muy particulares, precisamente observados, que se transforma en un drama de alta tensión, con las colinas y las aguas del litoral occidental de Irlanda, conmovedoramente evocadas, como telón de fondo.”

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Testigo de Cargo


Testigo de Cargo es una excelente película filmada en 1958 por el gran director austríaco Billy Wilder. Está basada en una popular obra de teatro de Agatha Christie.

Cuenta con un gran reparto, donde destacan primerísimas figuras del cine, como Charles Laughton, Marlene Dietrich, Tyrone Power y Elsa Lanchester.

Su trama es simple, Leonard Vole, un hombre agradable y simpático, es acusado del asesinato de una acaudalada señora que lo había dejado como beneficiario en su testamento.

Las pruebas circunstanciales en su contra parecen abrumadoras, pero un prestigioso abogado se dispone a defenderlo.

Sobre la génesis de su obra, en su Autobiografía, Agatha Christie afirma:

“era una de mis piezas preferidas; me gustaba más que casi ninguna otra. Pero no quería escribirla; me aterrorizaba hacerlo. Peter Saunders, que tenía grandes dotes de persuasión, me forzó, me intimidó amablemente uy me aduló con sutileza:

  • Por supuesto que puedes hacerlo
  • Pero no sé una palabra sobre procedimientos legales. Me haría un lío
  • Eso no es un problema. Tu estúdialo y luego tendremos a mano un abogado para corregir anomalías y supervisar que todo vaya bien.
  • No puedo escribir la escena de un juicio.
  • Claro que puedes, has visto representadas muchas escenas de ese tipo. Puedes estudiar vistas de causas.
  • No sé… No creo que pueda.

Peter Saunders continuó diciendo que, por supuesto, podría, y que empezara pronto porque quería la obra rápidamente. Hipnotizada y, como siempre, sometida a l poder de su sugestión, me leí cantidad de ejemplares de la serie Juicios Famosos, consulté con pasantes y abogados, y, al final me interesé sobre el tema. Me di cuenta de que estaba disfrutando, de repente, en uno de esos maravillosos momentos de tremenda inspiración que por lo general duran poco, pero que te llevan a la orilla como una larga ola. <Esto es fantástico; lo estoy haciendo; esto funciona; ahora, como va a seguir la cosa> Es el preciso momento de verlo todo claro, no en el escenario, sino en la mente. Ya está todo. La trama real, el juicio real – todavía sin el Old Bailey porque no había estado en él –  todo el esquema de la escena ante el tribunal, grabado en mi mente. Veía al joven desesperado y nervioso sentado en el banquillo y a la misteriosa mujer que llega como testigo a declarar, no en favor de su amante sino apoyando al fiscal. Es una de las obras que he escrito con más rapidez”

 

Pese a que hay una investigación de asesinato de por medio, la película está narrada con mucho humor, por ejemplo, los cruces verbales y comentarios del juez, y los abogados durante el juicio.

Como si fuera una película dentro de otra, la interacción y los irónicos diálogos entre el abogado y su enfermera, interpretados magníficamente por Charles Laughton y Elsa Lanchester, (matrimonio en la vida real) son de antología, y, por si mismos, hacen que valga la pena ver esta película una y otra vez.

Billy Wilder, que filmó esta película por pedido de Marlene Dietrich, atribuyó el éxito de la misma a la labor de Charles Laughton en el rol principal.

Por último, cabe destacar la maestría con la que el director introduce elementos para reafirmar el suspenso o la acción dramática, al mejor estilo Hitchcock, como cuando, hace que el monóculo del abogado haga brillar la luz sobre el cuchillo.

En definitiva, Testigo de Cargo es una magnífica obra que merece ser vista una y otra vez, y que, sin duda, disfrutarán todos los amantes del suspenso, y todos los amantes del buen cine.testigo-de-cargo

El Caso de los Anónimos, de Agatha Christie


“He recordado con frecuencia la mañana en que llegó el primero de los

anónimos.

Lo recibí a la hora del desayuno y le di vueltas y más vueltas, como

suele hacerse cuando el tiempo se hace largo y a todo acontecimiento

hay que sacarle el mayor jugo posible. Era una carta del interior, con

las señas escritas a máquina. La abrí antes que otras dos que

llevaban matasellos de Londres, ya que una de ellas era,

evidentemente, una factura, y en la segunda reconocí la escritura de

una de mis latosas primas.

Ahora resulta raro recordar que a Joanna y a mí la carta nos hizo más

gracia que otra cosa. Entonces no teníamos ni la más vaga idea de lo

que había de venir: aquel rastro de sangre y violencia, de

desconfianza y de temor”.

 

El Caso de los Anónimos es una amena novela, de fácil lectura, que Agatha Christie escribió en 1943.

Como en tantas otras de sus obras, nos presenta en ésta lo que fue su especialidad. Un pequeño pueblo rural, con sus habitantes de siempre: el médico, el abogado, el sacerdote y su esposa, las típicas solteronas y las típicas criadas.

Narrada en primera persona, desde que comenzamos, vamos compartiendo el punto de vista, y también, sobre todo, los temores del protagonista .

 

“Ahora me parece extraño que en nuestras elucubraciones acerca del

estado de ánimo de la Pluma Venenosa, pasáramos por alto lo más

evidente. Griffith la había imaginado triunfante. Yo, presa de

remordimientos… por el resultado de su obra; y la señora Calthrop

como un ser desgraciado.

No obstante, la reacción inevitable que no habíamos tenido en

cuenta… o tal vez debiera decir que yo no había considerado… era el

«miedo».

Porque con la muerte de la señora Symmington las cartas habían

pasado de una categoría a otra. Ignoro cuál sería la posición legal…

supongo que Symmington lo sabría, pero era evidente que con una

muerte como resultado, la posición del autor o la autora de los

anónimos era mucho más seria. No podrían pasar como una simple

broma, una vez aclarada la identidad del autor. La policía trabajaba

activamente; se había solicitado la ayuda de un experto de Scotland

Yard, y ahora era de vital importancia para el autor de las cartas

permanecer en el anónimo.

Y dando por hecho, que el «miedo» fuera su reacción natural, a ella

seguían otras consecuencias cuyas posibilidades yo desconocía…

aunque fueran igualmente obvias”.

 

Si bien Miss Marple es quien aparece al final de la obra para develar el misterio, su rol, a mi juicio, es secundario, y la novela podría tranquilamente prescindir de ella.

Como dato anecdótico,  cabe agregar que, para la misma época, y sin que medie relación con esta novela, Henry George Clouzot filmó su obra maestra, Le Corveau, donde también los anónimos fueron protagonistas.

Para finalizar, leamos las palabras que, a modo de prefacio, escribió la autora:

 

“Siempre resulta agradable plantearnos un tema clásico y ver lo que

puede hacerse con él. En este caso, el tema de la pluma que destila

veneno, sigue las líneas generales de otros casos bien conocidos y

comprobados de escritores de anónimos. ¿Hasta qué punto se

parecen? ¿Él motivo fundamental es casi siempre el mismo? ¿Qué

campo ofrece semejante material para una persona aficionada al

crimen? El caso de los anónimos es mi contribución al asunto.

Mientras escribía el libro inventé un personaje a quien he llegado a

apreciar mucho y que se hizo singularmente real para mí. Si Megan

entrase en mi cuarto mañana, habría de reconocerla en seguida y me

encantaría verla. Le estoy agradecida por haber cobrado vida en mi

obsequio. También quisiera encontrarme con la mujer del pastor,

pero temo que jamás lo lograré.

Escribiendo este libro disfruté con fruición.

Me gustaron su cómodo ambiente de pueblo y sus personajes. Los

ambientes exóticos, pienso a veces, restan interés al crimen en sí.

Para que un crimen resulte interesante, ha de producirse entre

gentes que ustedes mismos podrían encontrar cualquier día”.

 

El Faro, de P.D.James


“En algún lugar, hasta ahora sólo imaginado, un cadáver la esperaba tendido en la fría abstracción de la muerte. Un grupo de personas esperaba que llegara la policía, algunas de ellas apenadas, la mayoría aprensivas, una compartiendo sin duda su propia mezcla embriagadora de excitación y resolución”. 

 

 

En esta excelente novela de P.D.James, magníficamente ambientada en una isla castigada por el viento, la niebla y el mar, la investigación policial se centra en torno a la muerte de un conocido escritor. Su facil lectura, la descripción del paisaje y de los edificios como parte esencial de la narración, y la humanidad con que estan retratados los personajes, hacen de ésta, una lectura ineludible. A continuacion dos fragmentos..

“A veces, al despertar se encontraba en el suelo, pero esta noche tenía las sábanas medio enredadas en el cuerpo. En alguna ocasión, el grito dado al despertar alarmó a Miranda y ella apareció, práctica como siempre, tranquilizadora, preguntándole si todo iba bien, si necesitaba algo, si quería que preparara una taza de té para los dos. El contestó: «Es sólo un mal sueño, sólo un mal sueño. Ve a la cama.» Pero sabía que esta noche no vendría. Nadie vendría. Se quedó tendido, mirando fijamente la raya de luz que le alejaba del horror; luego, muy despacio, se levantó de la cama, fue tambaleándose hasta la ventana y abrió de par en par los postigos al amplio panorama de las estrellas y el mar luminoso.

Se sintió inconmensurablemente pequeño, como si su mente y su cuerpo se hubieran encogido y él estuviera solo en un globo giratorio, contemplando la inmensidad. Allí estaban las estrellas, moviéndose de acuerdo con las leyes del mundo físico, pero su brillo estaba únicamente en su mente, una mente que empezaba a fallarle, y unos ojos que ya no conseguían ver con claridad. Sólo tenía sesenta y ocho años pero lenta, inexorablemente, su luz se extinguía. Se sintió intensamente solo, como si no existiese ningún otro ser vivo. Nada podía ayudarlo, ni en ningún lugar de la Tierra ni en aquellos mundos muertos que giraban en el cielo con su brillo ilusorio. Nadie lo oiría si se abandonaba a un impulso casi irresistible y gritaba en voz alta a la noche insensible: «¡No te lleves mis palabras! ¡Devuélveme mis palabras!»”

 

“Y entonces, tan misteriosamente como había bajado, la niebla empezó a levantar. Frágiles y sutiles velos pasaron ante el faro, se juntaron y se disolvieron. Gradualmente formas y colores empezaron a revelarse, y lo misterioso e intangible se convirtió en familiar y real. Y entonces lo vio. Su corazón dio un vuelco y empezó a golpear su pecho con una fuerza que le hizo estremecerse. Debió de gritar, pero no oyó otro sonido que el graznido de una gaviota solitaria. Y poco a poco el horror se fue revelando, primero detrás de un delgado velo de niebla y luego con una claridad absoluta. Los colores reaparecieron, pero con una intensidad mayor de lo que recordaba: las paredes resplandecientes, el fanal rojo en lo alto rodeado por una barandilla blanca, la extensión azul del mar, el cielo tan claro como en un día de verano.

Y en lo alto, recortado contra la blancura del faro, un cuerpo colgado: el rojo y el azul trenzados de la soga que ascendía hasta la barandilla, el cuello manchado y estirado como el pescuezo de un pavo, la cabeza grotescamente grande caída hacia un lado, las manos con las palmas hacia fuera, como en una parodia de bendición. El cuerpo llevaba zapatos, pero en un segundo de desorientación le pareció ver los pies colgar uno al lado del otro en una desnudez patética.

Le pareció que pasaban los minutos, pero sabía que el tiempo se había detenido. Y entonces oyó un gemido agudo y continuo. Miró a su derecha, y vio a Jago y a Millie. La muchacha miraba hacia arriba, a Oliver, y su llanto era tan continuo que apenas podía respirar.

Y entonces, dando la vuelta a la pared del faro, apareció el grupo de búsqueda. No pudo distinguir ninguna palabra, pero el aire pareció vibrar con una confusa mezcla de gemidos, gritos ahogados, exclamaciones, quejidos y lloriqueos, un sordo lamento colectivo realzado por el llanto de Millie y la súbita algarabía de las gaviotas.”

Hércules Poirot


En la literatura y el cine policial, Hercule Poirot es uno de los detectives más conocidos. Interpretado en la pantalla por Tony Randall, Albert Finney, Peter Ustinov, y David Suchet, hizo su aparición pública en la primera novela de Christie, El misterioso caso de Styles, de 1920

En su autobiografía, así se refiere la autora a la génesis de este personaje:

“…Por supuesto, tenía que haber un detective. Por aquellas fechas estaba muy influenciada por Sherlock Holmes. Así que me puse a estudiar tipos de detectives. No al estilo de Sherlock Holmes, por supuesto, inventaría uno de mi propia cosecha, que tendría también un amigo en calidad de ayudante o lugarteniente: no era demasiado difícil …..¿Quién sería el detective? Repasé todos los que había conocido y admirado en los libros. Estaba Sherlock Holmes, el primero y el único: nunca sería capaz de emular sus aventuras. Arsenio Lupín, ¿qué era, un criminal o un detective? De todas formas no era mi tipo. Estaba también aquel joven periodista Rouletabille de El misterio del cuarto amarillo: ése era el tipo de persona que me hubiera gustado inventar, alguien poco habitual. ¿A quién podía utilizar? ¿Un estudiante? Bastante difícil. ¿Un científico? ¿Y qué sabía yo de científicos? Entonces me acordé de nuestros refugiados belgas…..¿por qué no hacer que mi detective fuera belga? Pensé. Había toda clase de refugiados. ¡Qué tal un oficial de  policía refugiado? Pero un oficial jubilado, no uno demasiado joven….

Así que me decidí por un detective belga. Poco a poco fui moldeando su personalidad. Sería un inspector, para que tuviera ciertos conocimientos sobre el crimen. Debía ser meticuloso, muy ordenado, me dije a mi misma, mientras amontonaba las cosas más insospechadas en mi dormitorio. Un hombrecito ordenado, clasificando siempre sus cosas, emparejándolas, gustándole más los objetos cuadrados que redondos. Además, sería muy cerebral, con la cabeza llena de pequeñas células grises. Ésa era una buena frase: debía recordarla. Sí, tendría muchas pequeñas células grises. Necesitaba un nombre ampuloso, uno de esos nombres que Sherlock Holmes y su familia tenían…. ¿Qué tal si llamaba a mi hombrecito Hércules? Sería un hombre pequeño con un gran nombre: Hércules. Su apellido ya resultaba más difícil. No recuerdo como obtuve el de Poirot,….. de todas formas el apellido surgió. Pegaba bien con Hércules: Hércules Poirot. Estupendo”

Y así lo describe su amigo y partenaire de sus primeras investigaciones, Arthur Hastings,

“Poirot era un hombre menudo con un aspecto extraordinariamente llamativo. Mediría poco más de un metro sesenta, pero su figura poseía una gran dignidad. Su cabeza tenía exactamente la forma de un huevo y siempre la llevaba algo inclinada hacia un lado; su bigote era espeso y militar. La pulcritud de su indumentaria era casi increíble. Creo que una mota de polvo le habría causado mayor dolor que una herida de bala. Sin embargo, este hombre pequeño con aires de dandy que ahora cojeaba visiblemente, como tuve ocasión de comprobar con pena, había sido en otro tiempo uno de los miembros más famosos de la policía belga. Como detective su olfato había sido extraordinario, y le había permitido obtener grandes éxitos desenmarañando algunos de los casos más difíciles de su época.”

 

Para todos los que quieren seguir la trayectoria de Hércules Poirot, en la página oficial de Agatha Christie,  http://www.agathachristie.com  se sugiere este orden de lectura.

  • El misterioso caso de Style. 1920
  • Asesinato en el campo de golf. 1923
  • Christmas adventure (cuento).1923
  • Poirot investiga (cuentos).1924
  • Primeros casos de Poirot (cuentos).1924
  • El asesinato de Roger Ackroyd.1926
  • Los cuatro grandes.1927
  • El misterio del tren azul. 1928
  • Café solo (novelización de la obra teatral por Charles Osborne) 1997
  • Peligro inminente 1932
  • El misterio del cofre de Bagdad (cuento) 1932
  • El segundo gong (cuento) 1932
  • La muerte de Lord Edgware. 1933
  • Asesinato en el Orient Express. 1934
  • Tragedia en tres actos. 1935
  • Muerte en las nubes. 1935
  • El misterio de la guía de ferrocarriles. 1936
  • Muerte en Mesopotamia. 1936
  • Cartas sobre la mesa. 1936
  • Iris amarillos (cuento) 1937
  • Asesinato en Bardsley Mews (cuatro historias) 1937
  • El testigo mudo 1937
  • Muerte en el Nilo 1937
  • Cita con la muerte 1938
  • Navidades trágicas 1938
  • Un triste ciprés 1940
  • La muerte visita al dentista 1940
  • Maldad bajo el sol 1941
  • Cinco cerditos 1943
  • Sangre en la piscina 1946
  • Los trabajos de Hércules (cuentos) 1947
  • Pleamares de la vida 1948
  • Mrs McGinty ha muerto 1952
  • Después del funeral 1953
  • Asesinato en la calle Hickory 1955
  • El templete de Nasse House 1956
  • Un gato en el palomar 1959
  • El puddin´de Navidad (cuentos) 1960
  • Los relojes 1963
  • Tercera muchacha 1966
  • Las manzanas 1969
  • Los elefantes pueden recordar 1972
  • Telón, último caso de Poirot 1975

Si bien en general se pueden leer en cualquier orden, – y de hecho la mayoría de los lectores así las hemos leído – , es aconsejable tener en cuenta algunos detalles, Telón, debe ser la última en ser leída, y en algunos casos, por referencias que se hacen, hay que tener en cuenta lo siguiente:

  1. La muerte de Lord Edgware debe ser leída antes que Después del funeral
  2. Cinco cerditos tiene que leerse antes que Los elefantes pueden recordar
  3. Un gato en el palomar tiene que leerse antes que Las manzanas
  4. Hay que leer Mrs McGinty   antes de Las Manzanas y Los elefantes pueden recordar
  5. Asesinato en el Orient Express hay que leerlo antes que Muerte en Mesopotamia
  6. Tragedia en tres actos tiene que leerse antes de Navidades Trágicas
  7. En El testigo mudo y Cartas sobre la mesa, aluden a novelas anteriores

Cierta clase de justicia, de P. D. James


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“Por lo general, los asesinos no advierten a sus víctimas. En este caso, la muerte, por terrible que sea el último segundo de espantosa comprensión, llega piadosamente aliviada por cierto terror anticipatorio. Cuando la tarde del miércoles 11 de septiembre Venetia Aldridge se levantó para interrogar al principal testigo de cargo en el caso Regina v. Ashe le quedaban cuatro semanas, cuatro horas y cincuenta minutos de vida. Después de su muerte, los muchos que la habían admirado y los pocos que la habían querido se encontraron murmurando – en busca de una respuesta más personal que el habitual compendio de adjetivos motivados por el horror y la ira – que a Venetia le hubiera gustado que su último caso de asesinato fuera juzgado en el Old Bailey, escenario de sus más grandes triunfos, y en su corte favorita. Pero había cierta verdad en la futilidad.

Así comienza Cierta clase de justicia (su título original es A certain Justice) otra muy buena novela que P.D.James publicó en 1997

En palabras de su autora,

“Cierta clase de justicia es una de las novelas que más he disfrutado escribir, mayormente debido a mi fascinación por las leyes penales y a la diversión y el interés que sentí mientras investigaba para el libro. Todo comenzó, como suele suceder con casi todas mis novelas, con el escenario……Al dar un paseo luego del oficio por The Temple y por la Midle Temple Lane me llamó la atención el contraste entre la paz, las tradiciones, la historia y la belleza disciplinada de esta excepcional zona de Londres y los atroces sucesos con los que lidian a diario los abogados penalistas en tribunales como los de Old Bailey. Pensé que sería emocionante poner un asesinato, el máximo crimen, en el corazón de este bastión de la ley y el orden, con una abogada penalista asesinada en su propio despacho. De golpe, como ocurrió con todas mis otras novelas policiales, a esta inspiración inicial llegó la alentadora certeza de que escribiría otro libro”

A continuación un fragmento:

“ Naughton abrió la puerta de roble e introdujo la llave en la puerta interna. Inmediatamente supo que algo andaba mal. Había un olor en el despacho, extraño y débil, pero a la vez horriblemente familiar. Apoyó la mano en el interruptor y encendió la luz.

Lo que vieron sus ojos era tan bizarro en su horror que durante medio minuto quedó paralizado, sin poder creerlo: su mente rechazaba lo que sus ojos veían claramente. No era cierto. No podía ser cierto. Durante esos segundos de incredulidad desorientada ni siquiera fue capaz de sentir terror. Pero después supo que era cierto. Su corazón volvió a la vida y comenzó a latir con fuerza, sacudiéndole el cuerpo. Escuchó un quejido bajo, incoherente y se dio cuenta de que ese sonido extraño y desencarnado era su propia voz.

Empezó a retroceder lentamente, como arrastrado por el tirón inexorable de un hilo. La Señorita Aldridge estaba sentada detrás de su escritorio, apoyada contra el respaldo de la silla giratoria. El escritorio estaba a la izquierda de la puerta, frente a las dos ventanas altas. Tenía la cabeza caída sobre el pecho y sus brazos colgaban flojos sobre los brazos curvos de la silla. No podía verle la cara, pero sabía que estaba muerta.

Tenía una peluca larga de juez sobre la cabeza, los rígidos bucles de crin de caballo eran una maza de sangre roja y parduzca. Se acercó a ella y apoyo el dorso de la mano derecha contra su mejilla. Estaba helada. Más fría que la muerte. Aunque suave, su gesto hizo que una gota de sangre se desprendiera de la peluca. Horrorizado, la observó deslizarse como un torrente lento por la mejilla muerta hasta quedar temblando en la punta del mentón. ¡Oh Dios, pensó, está fría, está mortalmente helada, pero la sangre sigue corriendo! Aferró instintivamente la silla para sostenerse, y, para su horror, la silla giró lentamente y el cadáver quedó de cara a la puerta, con los pies doblados sobre la alfombra. Naughton tragó saliva y retrocedió, mirando aterrado su propia mano como si esperara encontrarla pegajosa de sangre. Se inclinó hacia adelante y, agachándose, trató de verle la cara. Tenía la frente, las mejillas y un ojo cubiertos de sangre congelada. El ojo derecho estaba limpio. Su mirada muerta, fija en alguna lejana enormidad, parecía expresar una terrible malicia.

Retrocedió lentamente, magnetizado. De algún modo se las ingenió para salir. Con manos temblorosas cerró con llave las dos puertas, con lentitud y extremo cuidado, como si temiera que un movimiento torpe pudiera despertar a la horrible cosa que yacía adentro. Guardó la llave en el bolsillo y caminó en dirección a la escalera. Sentía mucho frío y no estaba seguro de que sus piernas pudieran sostenerlo, pero logró llegar abajo. Por lo menos tenía la mente despejada, milagrosamente despejada. Cuando levantó el tubo del teléfono ya sabía lo que debía hacer…”

 

 

Double Indemnity


“Yes, I killed him. I killed him for money – and a woman – and I didn’t get the money and I didn’t get the woman. Pretty, isn’t it?”

Estas palabras pronunciadas por el protagonista casi al inicio de la película dan comienzo a un extenso flash back, que dura casi todo el film, donde se cuenta la historia de un crimen, y de unos criminales, historia cuyo final ya se nos anticipa….

Con guión de Raymond Chandler, y basado en una novela de James M. Cain, Billy Willder, en uno de sus primeras incursiones como director, nos presenta este gran film de 1944, que contiene muchos elementos de lo que, por aquella época, los franceses comenzaron a llamar el “Film Noir”.

Ambientado con la inquietante banda sonora de Miklos Rosza y la fotografía en blanco y negro de John Seitz, vemos a un agente de seguros – interpretado por Fred MacMurray llevado al crimen por una hermosa y despiadada mujer -inigualable Barbara Stanwyck como arquetipo de “mujer fatal” y un excelente Edward G. Robinson, como visagra de esta historia de ambición, amor, odio, crimen y amistad.

En su biografía de Billy Wilder, “Nadie es Perfecto”, el periodista Hellmuth Karasek, afirma:

“ La película de Wilder en este género [el negro]  es un acto pionero y una obra maestra. Y su película introduce algo radicalmente nuevo: los delincuentes de su película no son criminales profesionales, no pertenecen a la mafia ni a una banda, son personas normales, de clase media, arrastradas por la ambición y la pasión sexual.

Igualmente radical es el hecho de que sea el mejor amigo quien descubra el delito, más bien con tristeza y contra su voluntad, y en modo alguno como un triunfo de la justicia. Así que el espectador se pone de parte de los asesinos y teme a la justicia, solidarizándose con los protagonistas..”

El prestigioso periodista y crítico de cine uruguayo, Homero Alsina Thevenet al momento de su estreno, afirmó, en la revista Marcha * del 2/3/45 lo siguiente:

“La TESIS MORAL es la de que el crimen “no paga”; la tesis intelectual es la de que el crimen puede ser un buen negocio si ese crimen es perfecto. La naturaleza humana (la ausencia de perfección en la inteligencia humana, la ausencia de un total dominio de la inteligencia sobre toda otra función humana) se inclina a ratificar la primera tesis. Como queda magistralmente expuesto en Crimen y Castigo, importa algo más que la perfección intrínseca del crimen, importa la perfección en la conducta del criminal porque de la serenidad mantenida, de la fingida indiferencia con que debe enunciar sus compuestas coartadas, depende el evitar que caiga sobre él una primera sospecha que le será luego fatal. Esas coartadas no son perfectas si, como en el caso, son dos los criminales y no existe un absoluto y riguroso entendimiento entre ellos.

Esta película no es policial en el sentido que el término pueda explicar de búsqueda de un anónimo culpable. Desde un principio sabemos su identidad, sabemos el origen y la realización de un crimen. La película es psicológica, inteligente, (es decir, original); se dirige con más rectitud a estudiar la evolución de sus personajes (afectados por la confianza en su inteligencia al tiempo que por el temor de sus errores) que a desentrañar ocultos factores de su trama. Tal contextura de film exige un rigor lógico, una observancia del detalle, un diálogo ceñido, una colaboración perfecta de cámara y de música y de intérpretes. Por poseer tales virtudes, por lograr, sobre todo, una unidad completa de ellas, por ratificar en su director Billy Wilder a una de las personalidades más netamente inteligentes de las que Hollywood nos ha mostrado como tales (Orson Welles, John Huston), la aplaudimos y recomendamos…”

*En Homero Alsina Thevenet, Obras Incompletas tomo 1

 

Ficha Técnica:

 

Título original: Double Indemnity (También  se estrenó en varios países con el nombre de Perdición, y,  Pacto de Sangre)

Año: 1944

Duración 106 min.

País: Estados Unidos

Director: Billy Wilder

Guión :Raymond Chandler, Billy Wilder (Novela: James M. Cain)

Música: Miklós Rózsa

Fotografía: John F. Seitz (B&W)

Reparto: Fred MacMurray, Barbara Stanwyck, Edward G. Robinson, Tom Powers, Porter Hall, Jean Heather, Byron Barr, Richard Gaines, Fortunio Bonanova, John Philliber, Bess Flowers, Miriam Franklin

Productora:  Paramount Pictures

 

 

Pecado Original


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En Pecado Original, ambientada en una editorial londinense, P.D. James nos muestra algunos elementos que son constantes en su obra.

El espacio, en este caso el paisaje fluvial y un lujoso y antiguo edificio, son parte de la trama, y ayudan a crear esa atmósfera tan característica en sus obras.

El crimen es horrendo, dramático y ominoso, y afecta a todos por igual. Nadie sale incólume, ni aún los investigadores. Y todos los personajes, aún los criminales, son mostrados, con una gran sensibilidad y un dejo de piedad por parte de la autora, como seres humanos que sufren al protagonizar un drama, el de sus propias vidas.

Por último, al estar ambientada en una editorial, la autora nos permite ver algunos aspectos, seguramente fruto de su propia experiencia, sobre los escritores y las editoriales.

A continuación, un fragmento de esta excelente novela, publicada en 1994, cuya lectura recomiendo.

“ y ahora el miedo se estaba volviendo real. Levantó la vista al balcón más alto y se imaginó el horror de esa caída, los miembros al viento, el único grito – seguramente ella gritó -, el estrépito horroroso cuando el cuerpo pegó contra el mármol. De pronto hubo un grito salvaje y ella se sobresaltó, pero solo era una gaviota. El pájaro le pasó rozando por encima, se sostuvo un momento sobre la baranda; luego abrió las alas y voló río abajo.

Ahora empezaba a sentir frio. El frio no era natural, subía desde el mármol como si estuviera parada sobre hielo, y la brisa del río había refrescado: soplaba contra su rostro con la primera ráfaga helada del invierno. Estaba echando una última mirada al río, hacia donde estaba la lancha silenciosa y vacía, cuando sus ojos pescaron como en un pestañeo algo blanco en la parte superior de la baranda, a la derecha de los peldaños de piedra que bajaban al Támesis. Al principio se veía como si alguien hubiera atado un pañuelo a la baranda. Curiosa, cruzó hasta ahí y vio que era una hoja de papel pinchada en la punta de una de las angostas estacas. Y había algo más, el resplandor de un metal dorado en la parte inferior de la baranda. Mandy se puso de cuclillas, algo desorientada por el miedo que sentía, y le tomó unos segundos reconocerlo. Era la hebilla de una angosta correa de cuero, la   correa de una cartera de las que se llevan colgadas del hombro. La correa se hundía en la inquieta superficie del agua, y debajo de esa superficie había algo apenas visible, algo grotesco e irreal, como la cabeza en forma de cúpula de un insecto gigante, sus millones de patas peludas moviéndose suavemente en la marea. Y entonces Mandy supo que lo que estaba viendo era la parte superior de una cabeza humana. Al final de la correa de cuero había un cuerpo humano. Y mientras ella miraba, el cuerpo se movió en la marea y una mano blanca subió lentamente en el agua, como el tallo de una flor en agonía.

Por unos pocos segundos la incredulidad luchó contra la certeza de lo que veía, y luego, casi desmayada por la conmoción y el terror, se desplomó sobre sus rodillas aferrándose a los barrotes de hierro. Sentía como el frío metal raspaba sus manos y luego su fuerza presionada contra su cabeza. Estaba ahí de rodillas, incapaz de moverse, con el terror apretando su estómago y convirtiendo sus miembros en piedra. En medio de esta nada, sólo su corazón estaba vivo, un corazón que se había convertido en una gran bola de hierro ardiente que golpeaba contra sus costillas como si tuviera el poder de hacerla pasar por los barrotes y entrar al río. No se atrevió a abrir los ojos; abrirlos significaba ver lo que ella todavía podía creer a medias; la correa doble de cuero hundiéndose en el agua, y por debajo, esa abominación.

No sabía cuánto tiempo estuvo ahí de rodillas antes de ser capaz de moverse, pero gradualmente comenzó a sentir de nuevo el fuerte olor del río en sus fosas nasales, el frio del mármol contra sus rodillas, y su corazón se aquietaba. Sus manos estaban tan rígidas en los barrotes que le tomó unos penosos segundos separar los dedos. Entonces pudo incorporarse y de pronto encontró fuerza y propósito…”

Un juicio de Piedra, de Ruth Rendell


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“Eunice Parchman asesinó a la familia Coverdale porque no sabía leer ni escribir.

No hubo un verdadero motivo ni premeditación; tampoco gano dinero ni seguridad. Como consecuencia de su crimen, la incapacidad de Eunice Parchman fue conocida, no solo por una simple familia o un grupo de aldeanos, sino por todo el país. No consiguió nada más que el desastre para sí misma, y, durante todo aquel tiempo, en algún lugar de su extraña mente, había la convicción de que no conseguiría nada. Y, sin embargo, aunque su compañera y cómplice estaba loca, Eunice no lo estaba. Tenía la horrible y práctica cordura atávica del simio, disimulada en la apariencia de una mujer del siglo XX.

La capacidad de leer y escribir es una de las piedras angulares de la civilización. Ser analfabeto es ser deforme. Y la irrisión que antaño producía el disminuido físico, se debe dirigir hoy, acaso con más justicia, hacia el analfabeto. Si él o ella pueden vivir con cautela entre los ignorantes, quizás todo vaya bien, pues en el país de los ciegos, el tuerto es rey. Fue una desgracia para Eunice Parchman y para la familia que la tomó a su servicio y en cuyo hogar vivió, que ésta fuera especialmente cultivada. Si hubieran sido vulgares e incultos probablemente aún vivirían, y Eunice sería libre, en su misteriosa y oscura libertad de sensaciones e instintos, y en la total ausencia de la palabra impresa.”

Así comienza “Un juicio de Piedra” (a Judgement in Stone) una muy buena novela de la notable escritora inglesa Ruth Rendell. (1930 -2015) Claude Chabrol la llevó al cine en 1995 con el nombre de La Cérémonie.

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Dos Grandes


Dos Grandes

 

En estos días, en todo el mundo se está conmemorando que, hace 400 años, murieron dos de los – quizás- , más célebres, importantes e influyentes escritores de la literatura universal. Nos referimos a Miguel de Cervantes y William Shakespeare.

¿Hace falta mencionar cuáles fueron sus obras destacadas? Creemos que no..

Desde El Pájaro Negro, nuestro homenaje y agradecimiento a esos genios del arte universal